Pero no pensaba que su misión podía prolongarse indefinidamente y sin éxito, y le parecía monstruosa la idea que renunciando á su misión hubiese podido esperar en el amor de Margarita.

El pensamiento de encontrar á su madre crecía y se desarrollaba en él, palpitaba con su corazón, vibraba con sus nervios, se infiltraba en su sangre, sólo podía arrancarlo la muerte; y precisamente pensaba en la muerte de su madre, al desear que aquel encuentro no tuviese lugar; pero esta solución, mejor dicho, el deseo de esta solución, le parecía una gran vileza.

Más tarde se preguntaba si había sido su naturaleza sentimental quien había creado el pensamiento de su misión, ó si este pensamiento había formado su naturaleza sentimental; pero la víspera de su marcha aceptaba sus sensaciones y sentimientos sin analizarlos; y aceptándolos de este modo, como si fuera un chiquillo, arraigaban con más fuerza en su alma y en su cuerpo, de tal modo, que ninguna lógica y ningún razonamiento hubiesen podido arrancárselos después.

Pasó una noche febril. ¡Cuán lejos aquel tiempo en que se contentaba con ver á Margarita por los pequeños senderos del huerto, casi sin fijarse en el color de sus cabellos y en las formas de su cuerpo! Entonces soñaba cosas fantásticas, raptos, encuentros, fugas á lugares misteriosos, hasta á las blancas llanuras de la luna; pero si le hubiesen dado la noticia de su casamiento no habría sufrido. Una vez proyectó convencerla de que debía seguirle á lo alto de una montaña; allí tomarían un veneno que no deformase los cadáveres; se acostarían sobre una roca, sobre una alfombra de hiedra y flores, y morirían juntos; y durante aquel sueño no se había presentado ni siquiera el deseo de un beso, de un apretón de manos.

Después vino el sueño idílico de la fuente de Fonni, el beso, el abandono de Margarita; y más tarde la noche del teatro, durante la cual la proximidad de sus cabellos, de sus ojos, de su cuerpo, le habían producido embriagueces sutiles.

Y ahora sufría al pensar que podía ser de otro; y en su sueño febril, se afanaba por escribirle una carta desesperada, que no lograba terminar nunca, cuando recordó haber compuesto, en dialecto, un soneto para ella y pensó en mandárselo.

Despertó, se levantó y abrió la ventana. El alba se acercaba. En el cielo límpido, una estrella, grande, rojiza, tramontaba tras una punta negra del Orthobene, cual lucecita que se apaga sobre un candelabro de piedra. Cantaban los gallos, contestándose en una contienda de roncos gritos, y parecían enfadados unos contra otros por lo que cantaban, y todos juntos contra la luz que no acababa de llegar. Anania miraba el cielo bostezando; de pronto un calofrío le sacudió de pies á cabeza. ¿Qué le pasaba? Algo quería escapársele del alma, y quedar bajo aquel cielo, ante aquellas montañas salvajes cuyas crestas servían de candelabros á las estrellas. Cual caminante, que agobiado por una carga demasiado pesada, quiere dejar parte de ella para proseguir su camino, él sentía necesidad de confiar parte de su secreto á Margarita. Cerró la ventana y sentóse ante la mesita, temblando y bostezando.

—¡Qué frío!—dijo en voz alta.

El soneto estaba ya copiado, con su mejor letra, en una hoja de papel color de rosa con fajas transversales violadas: llevaba un título elocuente: «Margarita» y desarrollaba una especie de apólogo no menos elocuente.

«Una hermosísima margarita crecía en un verde prado. Todas las demás flores la admiraban, y más que ninguna un ranúnculo pálido y humilde, crecido á su lado y que moría de amores por su bella vecina. En un espléndido día de primavera, una chiquilla hermosísima se paseaba por el prado; de pronto arranca la margarita, la besa, la coloca sobre su mórbido seno, y sin fijarse, sin darse cuenta, aplasta al pobre ranúnculo que, viéndose sin su vecina adorada, recibe gustoso la muerte».