Al releer los versos el poeta sintió un triste despecho, al ver en lugar de la simbólica chiquilla un capitán de carabineros de largos bigotazos; dobló el papel, lo metió en un sobre, pero estuvo largo rato indeciso pensando si debía cerrarlo ó no. ¿Qué se figuraría Margarita? ¿Recibiría ella misma el soneto? Sí, porque siempre que el cartero llamaba al portón con tres golpes terribles, que parecían dados por la férrea mano del destino, Margarita corría á recibir el correo. El cartero pasaba al medio día y á la noche; era preciso buscar una hora en que ella estuviese en casa. Al medio día con toda seguridad estaba; entonces era preciso echar la poética carta en seguida.

Una agitación febril se apoderó de Anania; fuera de la determinación tomada, no veía ni entendía nada. Cerró la carta, salió y echó á andar como un sonámbulo por las callejas oscuras y desiertas. ¿Qué hora era? No lo sabía. Tras los muros de los patios, en los rústicos sotechados de las campesinas casas los gallos continuaban sus cantos despechosos; el aire húmedo olía á rastrojo; una pobre hornera de pan de cebada que iba ó volvía de cumplir su fatigoso oficio, atravesó una callejuela; las pisadas de dos carabineros, altos y negros, resonaron siniestramente en el empedrado del Corso; después nadie.

Anania iba pegado á la pared, por miedo de ser conocido á pesar de la oscuridad, y apenas hubo echado la carta apretó á correr. Volvió á ver los carabineros en el fondo de una calle, dió la vuelta y se encontró, casi sin advertirlo, en su prehistórico barrio. Pero no entró en su casa; se ahogaba, tenía necesidad de aire, de espacio, y echó á correr, con el sombrero en la mano, hacia la carretera; al llegar á ella no sintió alivio alguno; el horizonte estaba cerrado, el valle oscuro. Salió de la carretera monte arriba, y sólo cuando se encontró al pie del Orthobene respiró á sus anchas, abriendo las narices como un potrillo que ha escapado de un lazo. Tenía deseos de gritar de gusto y alegría. Clareaba; tenues velos azulados cubrían los grandes valles llenos de humedad, las últimas estrellas se apagaban. Sin saber por qué Anania repetía unos versos:

Caras estrellas de la Osa, yo no creía...

y procuraba apartar de su pensamiento lo que acababa de hacer, al propio tiempo que se sentía feliz por ello, feliz hasta el delirio.

Empezó la subida del Orthobene, arrancando hojas, lanzando piedras y riendo; parecía loco. El césped perfumaba el aire; tras el enorme acantilado cerúleo del monte Albo se teñía el cielo de un color rosa violáceo. Anania se paró sobre una roca, contemplando la intensa mancha azulada de las lejanas montañas heridas por el delicado reflejo de la aurora, y de pronto se quedó pensativo.

¡Adiós! Mañana estaría más allá de aquellas montañas, y Margarita pensaría en vano en quién podría ser el desconocido ranúnculo que tanto la amaba.

Un paro-carbonero cantó en su nido hecho en el corazón de una encina, poniendo en su nota temblorosa la impresión de soledad del lugar y de la hora; el muchacho sintió repercutir aquella nota en su interior, y recordó el canto de otro pajarito entre el húmedo follaje de un castaño, en una lejana mañana de otoño, allá, allá arriba, en una de aquellas montañas del horizonte, tal vez en aquella mancha de allá enfrente rosada por la aurora; y junto á una mujer melancólica, vió á un niño que bajaba el monte alegremente, ignorante de su triste porvenir.

—¡También ahora,—pensó entristeciéndose,—también ahora marcho alegremente, sin saber lo que me espera!