Volvió á su casa pálido y triste.

—¿Dónde has estado, galanu meu? ¿Por qué has salido antes del alba?—preguntó tía Tatana.

—¿Está el café?—dijo ásperamente.

—Toma el café. ¿Pero qué tienes, corazoncito mío? Estás pálido; tranquilízate, cálmate antes de ir á casa del padrino. ¿Cómo? ¿Dices que no? ¿No irás esta mañana á ver al padrino? ¿Qué miras? ¿Hay alguna hormiga en el café?

Miraba fijamente la tacita roja fileteada de oro que servía para él exclusivamente. Adiós, tacita; mañana el último día, y después adiós. Las lágrimas le subían á los ojos.

—Ya iré más tarde á ver al padrino; ahora terminaré de arreglar la ropa,—dijo bajo, bajito, como si hablara con la taza.

—¿Y si no nos volviéramos á ver?—preguntó.—¿Si me muriera antes del regreso? Tal vez fuera mejor. ¿Por qué vivir tanto tiempo? Ya que debemos morir, es mejor morir cuanto antes.

Tía Tatana le miró; hizo la señal de la cruz en el aire y dijo:

—¿Has tenido un mal sueño esta noche? ¿Por qué dices estas cosas, corderito sin lana? ¿Te duele la cabeza?

—¡No comprende usted las cosas!—exclamó, poniéndose de pie.