Subió á su cuarto y empezó á colocar en una pequeña maleta los libros y los objetos más queridos; de vez en cuando volvía los ojos hacia la ventana abierta en cuyo fondo veíase un trozo de cielo otoñal que producía el efecto de un bonito cuadro; una llanura blanquecina con unos lagos azules.
¿Qué vería desde la ventana del cuarto que en Cagliari le esperaba? ¿El mar? ¿El mar de veras, la inmensidad infinita del agua azul bajo la infinita inmensidad del cielo azul? Todo aquel azul, el que veía y el que le esperaba, le tranquilizó; se arrepintió de haber entristecido á tía Tatana. ¿Pero qué culpa tenía él? Sí, veía que era ingrato, pero los nervios son los nervios y no es posible mandar en ellos. ¡Pero él no quería ser ingrato del todo, no! Y... planta la maleta, libras y cajitas, se precipita en la cocina, donde la buena mujer está barriendo con aire entre melancólico y filosófico, tal vez pensando en las fúnebres palabras del «corderito sin lana», y se le echa encima, la estrecha entre sus brazos á ella y á la escoba, y la arrastra consigo en una vuelta de baile vertiginoso.
—¡Ah, mala cabeza! ¿qué te pasa?—grita la vieja, llena de alegría.
Pero Anania no le contesta y se marcha corriendo é imitando los resoplidos de un tren.
Terminado el equipaje fué á despedirse de los vecinos, empezando por maestro Pane. La tienda del viejo carpintero, casi siempre llena de gente, estaba desierta, y el estudiante tuvo que esperar un rato, sentado sobre el escalón del portal, con los pies metidos entre las abundantes virutas que cubrían el piso. Un ligero soplo de viento entraba por la puerta, agitando las grandes telarañas del techo cubiertas de serrín.
Al fin llegó maestro Pane. Llevaba una vieja chaqueta de soldado, de la cual cuidaba en extremo los botones, siempre brillantes, y sonrió con alegría infantil cuando Anania le dijo que parecía un general.
—¡Aún conservo el quepis!—dijo gravemente.—Me lo pondría si no fuera porque los chiquillos se ríen. ¿De modo que te marchas, hijito? ¡Que Dios te acompañe y te ayude! Yo no puedo regalarte nada!
—¡Pues no faltaba más!
—¡El corazón lo desea, pero no es bastante! Cuando seas doctor te haré una escribanía; ya tengo el modelo. ¡Ahora verás!
Y buscó un catálogo, cuidadosamente oculto bajo un banco, y enseñó al estudiante una espléndida escribanía con columnitas y calados.