—¿Qué? ¿no me crees capaz?—dijo, ofendido, advirtiendo que Anania se sonreía.—¡Tú no conoces á maestro Pane! Yo no he construido muebles de lujo porque no he tenido dinero, pero no faltaba más que yo no supiera...
—¡Lo creo, lo creo!—dijo Anania.—Pues cuando sea doctor y rico, le encargaré todos los muebles de mi palacio...
—¿De veras?—exclamó el pobre giboso alegrándose. Después preguntó, hojeando el catálogo:—¿Y cuántos años te faltan aún?
—¿Quién sabe? Diez, quince...
—¡Son demasiados! Estaré en el cielo, en la tienda del glorioso San José (á pesar de la broma, se persignó devotamente). ¿Dime,—prosiguió, señalando una lámina del catálogo:—dime qué significa muebles es-ti-lo Lu-is quin-ce?
—Era un rey...—empezó á decir Anania.
—¡Toma! Esto lo sé,—respondió prontamente maestro Pane, con maliciosa sonrisa en su boca sin dientes.—Era un rey á quien gustaban mucho las muchachas...
—¡Maestro Pane!—exclamó Anania maravillado,—¿cómo lo sabe usted?
El vejete empezó á reir, quitándose la chaqueta y plegándola cuidadosamente.
—¿Y qué?—dijo, fingiendo ingenuo asombro, para no turbar la inocencia de Anania,—¿porque uno es ignorante no debe saber nada de nada? Aquel rey era aficionado á jugar con las chiquillas, como la reina Ester cogía espigas y paseaba por los campos, y Víctor Manuel se entretenía cavando en el huerto...