Pero Anania era más listo que maestro Pane, y preguntó con fingida ingenuidad:
—¿Pero usted ha estudiado?
—¿Yo? Ya quería, pero no pude; hijo mío, no todos nacen bajo una buena estrella como tú.
—¿Entonces cómo sabe todas estas historias?
—¡Demonio! ¡Las he oído contar! La historia de la reina Ester se la he oído á tu madre, y la del rey á Pera Sa Gattu...
Anania marchóse asustado, recordando una historieta que muchos años atrás contó Nanna, una noche en invierno, en la almazara.
Llamó á la puerta de Nanna, pero el viejo loco, sentado en una piedra de por allí cerca, le dijo que no estaba en casa.
—Yo también la espero,—añadió,—porque Jesucristo me dijo ayer tarde que tenía necesidad de una criada.
—¿Dónde le encontró?
—En la callejuela... allá abajo,—señaló el loco;—llevaba un capotón y los zapatos rotos. ¿Oye Nania Atonzu, por qué no me das un par de zapatos viejos?