—Serían demasiado estrechos,—dijo el estudiante mirándose los pies.

—¿Y por qué no vas descalzo? ¡Que una bala te atraviese el bazo!—gritó el loco, amenazador, frunciendo sus erizadas cejas grises.

—Adiós,—dijo Anania, sin contestar á su amenaza,—me marcho mañana á continuar mis estudios.

Los ojillos azules del viejo tomaron una expresión maliciosa.

—¿Vas á Iglesias?

—No, á Cagliari.

—En Iglesias hay muchos vampiros y comadrejas. Adiós, dame la mano. Así, valiente; no tengas miedo, no te como. ¿Y tu madre por dónde anda?

—Adiós. Conservarse,—dijo Anania, apartando su manecita de la manaza dura del loco.

—También yo me marcho,—dijo el viejo.—Voy á un sitio donde se comen cosas muy buenas; habas, tocino, lentejas y mondongo de oveja.

—¡Buen provecho!—dijo Anania.—¡Adiós!