Anania se despidió de los demás vecinos, hasta de la mendiga, que le recibió en una habitación muy limpia y le obsequió con una taza de buen café.
—¿Irás á ver á Rebeca?—le preguntó con envidia.—¡Aquella estúpida se ha puesto á mendigar! ¿No le da vergüenza, una muchacha joven? ¡Díselo tú!
—¡Está llena de llagas!... apenas puede andar...—observó Anania.
—No. Está curada. ¿Qué miras? Es una hoz de segador.
—¿Por qué está colgada detrás de la puerta?
—Porque el vampiro, cuando entra en la casa, se pone á contar los dientes de la hoz, y como sólo puede llegar al número siete, tiene que volver á empezar, y así llega el día, y apenas ve la luz, escapa. ¿Te ríes? Sin embargo es verdad. ¡Que Dios te bendiga!—dijo la pobre, acompañándole hasta la calle.—Buen viaje; ¡á ver si honras al barrio!
Anania entró en casa de Rebeca; parecía una chiquilla, á pesar de sus veinte años, lívida, calva, acurrucada en un rincón oscuro, como una fiera enferma en su cubil. Al ver al estudiante se ruborizó, y toda temblorosa le ofreció, en una tosca fuente, un racimo de uva negra.
—Tómelo... balbuceó.—No puedo ofrecerle otra cosa.
—¿Y por qué no me tuteas?—exclamó Anania, arrancando un grano del racimo.
—¡No soy digna! ¡No soy como Margarita Carboni! ¡soy una infeliz desgraciada!—dijo animándose.—¡Tome, tome todo el racimo! Está limpio; ¡yo no lo he tocado! Me lo trajo tío Pera Sa Gattu.