—¿Tío Pera?—preguntó Anania, recordando con desagrado la historieta de maestro Pane.

—¡Sí, pobrecito! Siempre se acuerda de mí, y todos los días me trae algo. El mes pasado estuve muy mal porque se me volvieron á abrir las llagas, y tío Pera trajo al médico y las medicinas. ¡Ah!, hace por mí lo que hubiese hecho mi padre si... ¡Pero me abandonó! ¡No hablemos de ello!—dijo Rebeca, advirtiendo que había tocado una tecla dolorosa para Anania.—¿No toma el racimo? Mire que está limpio.

—¡Ea, dámelo!—exclamó el estudiante.—¿Pero dónde lo meto? Espera, lo envolveré en este periódico. Ya sabes que marcho mañana á Cagliari para continuar mis estudios. Hasta la vuelta; que te pongas buena.

—¡Adiós!—dijo ella, con los ojos llenos de lágrimas.—¡También yo quisiera partir!

Anania salió, y viendo en la puerta de la taberna á la hermosa Ágata se acercó para despedirse.

Apenas le vió, la muchacha empezó á sonreirle con sus ojos brillantes, y á decirle adiós con la mano.

—¡Sí, sí, adiós!—dijo él acercándose y alargándole la suya.

—Estabas haciendo el amor á aquel montón de podredumbre?—preguntó la muchacha, señalando á Rebeca, que estaba asomada á la puerta.—Aléjate, que apestas horriblemente.

Anania se estremeció, pensando instintivamente en Margarita.

—¿Sabes,—prosiguió Ágata, riendo y mirándole voluptuosamente,—sabes que tiene celos de mí? ¡Mira, cómo mira! ¡Estúpida! Siempre piensa en ti, porque el año pasado, en los estrechos saliste con ella.