—¡Ya lo sé!—dijo aburrido.—Marcho mañana: adiós. ¿Tienes algo que mandarme?

—¡Que me lleves contigo!—dijo con vehemencia.

Un pastor, que acababa de tragarse un vaso de aguardiente, salió de la taberna y pellizcó á la muchacha.

—¡Las manos siccas[29], pelagatos!—gritó Ágata.

Después llevó á Anania dentro de la taberna y le preguntó qué quería tomar.

—Nada, adiós, nada.

Pero Ágata le llenó un vaso de vino blanco, y mientras él bebía, ella apoyábase lánguidamente en el banco, miraba hacia fuera y decía:

—Yo también pienso ir pronto á Cagliari; apenas tenga un vestido nuevo y unos botones de oro para la camisa iré á Cagliari á buscar casa. Así nos podremos ver... ¡Demonio! por allí viene Antonino; se quiere casar conmigo y está muy celoso de ti. ¡Ay, rico mío! Adiós, márchate...

Y así diciendo se echó sobre él con un salto felino y le besó ardientemente en la boca; después le empujó hacia la puerta, y él salió aturdido y turbado; y encontrando nuevamente á Antonino comprendió el por qué de su mirada de odio.

Durante unos minutos anduvo sin darse cuenta de nada: le parecía haber besado á Margarita y el deseo de verla le daba calofrío.