—¡Ay!—gritó de pronto, encontrándose entre los brazos de una mujer.

—¡Hijito de mi corazón!—dijo Nanna, llorando cómicamente, y entregándole un paquetito.—¿De modo que te marchas? El Señor te acompañe y te bendiga como bendice la espiga del trigo. Aún nos volveremos á ver, pero entretanto toma esto... y no lo rehúses, porque me moriría de pena...

Para que no se muriera tomó el paquetito de Nanna; después se estremeció sintiendo sobre su mejilla una cosa viscosa y un aliento apestante de aguardiente.

—Mira,—balbuceó Nanna, después de haberle besado,—no he podido resistir la tentación. Límpiate la cara; no, no te mancharán los besos perfumados como el clavel, de las muchachas rubias como el oro, que te cogerán como si fueras un confite.

Anania no protestó, pero aquel terrible choque con la realidad le devolvió el equilibrio, borrando la sensación ardiente del beso de Ágata. Al regresar á su casa abrió el paquetito que contenía trece sueldos, y empezó á hacerlos sonar entre las manos.

—¿Has ido á ver al padrino?—preguntó tía Tatana.

—Iré dentro de un rato, después de comer.

Pero después de comer salió al corral y se tumbó sobre una estera, bajo el saúco, al rededor del cual zumbaban abejas y moscas. El aire era templado. Por entre las ramas Anania veía grandes nubes blancas atravesar el cielo azul; miraba, y sentía caer de aquellas nubes una dulzura infinita; parecía una lluvia de leche tibia. Lejanos recuerdos, errantes y cambiantes como las nubes, apenas rozaban su mente, confusos con las impresiones recientes. Recuerda el paisaje melancólico, vigilado por los sonoros pinos, donde su padre ara la tierra para sembrar el trigo del amo. Los pinos recuerdan, con su ruido, la voz del mar. El cielo es profundo, tristemente azul. Anania recuerda unos versos... ¿de quién?... ¿De Baudelaire?[30]: «Sus ojos son azules, vacíos y profundos como el cielo». ¿Los ojos de Margarita? No: ofende á Margarita pensando de este modo; pero entretanto es feliz por saber versos tan originales... «Sus ojos son azules, profundos y vacíos como el cielo».

¿Quién pasa por detrás del pino? El cartero de rojos bigotes. Sobre la cabeza lleva una corneja con las alas abiertas, que golpea fuertemente con el pico la frente del pobre hombre. ¡Pum, pum, pum! Margarita corre á abrir la puerta, toma la carta rosa con manchas verdes, y emprende el vuelo. Anania quiere seguirla, pero no puede. No puede moverse, no puede hablar; y de pronto se acerca el cartero y le sacude...

—¡Ya son las tres, hijo mío! ¿Cuándo piensas ir á casa del padrino?—preguntó tía Tatana sacudiéndolo.