Se puso en pie de un salto, con un ojo todavía cerrado, con una mejilla pálida y la otra encarnada.
—¡Qué sueño tengo!—dijo desperezándose.—Esta noche pasada apenas he dormido. Ahora iré.
Se fué á lavar; se peinó, perdiendo media hora en sacarse la raya á un lado, después en medio, después en hacerla desaparecer. El corazón le palpitaba de angustia.
—¿Qué me pasa? ¿Qué demonios es esto?—pensaba, queriendo dominarse y no consiguiéndolo.
—¿Aún estás aquí? ¿Cuándo vas á marchar?—le gritó la anciana desde el corral. Él se asomó á la ventana y preguntó:
—¿Qué debo decirle?
—Que mañana te vas; que te portarás bien; que siempre serás obediente y respetuoso...
—¡Amén! ¿Y él qué me dirá?
—Te dará buenos consejos.
—No me hablará de aquello...