—¿Qué es aquello?
—¡De la cuestión de los cuartos!—dijo, bajando la voz, con la mano á guisa de bocina.
—¡Pobrecito!—contestó la buena mujer, alzando los brazos.—¿Y tú qué tienes que ver con ello? ¡Tú no sabes nada!
—Bueno; entonces voy...
Pero antes fué á ver á Bustianeddu, después al huerto para despedirse de tío Pera y hasta de los higos chumbos, de los cardos, del panorama, del horizonte... Encontró al vejete tumbado sobre la hierba con la tranca á su lado como si ésta también descansara.
—Al fin me marcho, tío Pera; adiós, conservarse y divertirse,—dijo el estudiante, burlándose del hortelano.
—¿Eh?—preguntó éste, que se volvía sordo y ciego.
—¡Que me voy!—gritó Anania.—Voy á Cagliari á estudiar...
—¡Ah! ¡El mar!... Sí, en Cagliari hay el mar. ¡Que Dios te acompañe y te bendiga, hijo mío! El pobre tío Pera no tiene nada que regalarte, pero rezará por ti...
Anania se arrepintió de haberse burlado del pobre viejo, que, á pesar de todo, hacía limosna á Rebeca.