—¿No me encarga usted nada?—preguntó, encorvándose apoyando las manos sobre las rodillas.

El viejo se incorporó, le miró fijamente y sonrió:

—¿Qué quieres que te encargue? ¡También yo voy á partir!

—¿Usted también?—exclamó el estudiante, riéndose de que todos, hasta los viejos decrépitos, tenían la manía de marchar.

—¡Yo también!

—¿Y á dónde, tío Pera?

—¡Ah! ¡Á un país muy lejano!—contestó el viejo extendiendo la mano hacia el horizonte.—¡Á la eternidad!


Ya muy tarde, después de haber pasado y repasado por delante las ventanas de Margarita sin poderla ver, Anania entró y preguntó por su padrino.

—No hay nadie en casa. Espérate, que no pueden tardar en volver,—dijo la criada con aire arrogante.—¿Por qué no has venido antes?