—Porque hago lo que me da la gana,—contestó entrando.

—¡Claro, es preferible perder el tiempo con aquella asquerosa de Ágata que venir á dar las gracias á sus bienhechores!

—¡¡Eh!!—exclamó despreciativamente, apoyándose en el marco de la ventana del despacho.

¡Ah! La criada le humillaba como en aquella noche lejana, cuando acompañado de Bustianeddu había ido á pedir una taza de caldo. Nada había cambiado; seguía siendo lo mismo, un siervo, un protegido. Lágrimas de rabia le humedecieron los ojos.

—¡Pero yo soy un hombre!—pensó.—Puedo renunciar á todo, labrar la tierra, sentar plaza, y no ser un miserable. Me voy.

Y se separó de la ventana; pero pasando por junto la escribanía iluminada por la luna, descubrió, entre las cartas echadas encima, de cualquier manera, un sobre color de rosa con manchas verdes.

La sangre le subió á la cabeza; las orejas le ardieron, sacudidas por una vibración metálica; inconscientemente se inclinó y cogió el sobre. Sí, era su sobre, roto y vacío. Le pareció tocar unos despojos, sagrados para él, que habían sido violados y dispersos. ¡Ay! Todo, todo había acabado; su alma había sido vaciada y desgarrada como aquel sobre.

De pronto una luz viva inundó el cuarto; vió entrar á Margarita, y apenas tuvo tiempo de dejar caer el sobre, pero advirtió que ella había adivinado su acción y una gran vergüenza se unió á su pena.

—¡Buenas noches!—dijo Margarita colocando la luz sobre la escribanía.—Te han dejado á oscuras.

—¡Buenas noches!—murmuró, decidido á tener una explicación y después marchar para no volver nunca más.