—Siéntate.

Él la miraba fijamente con ojos espantados. Sí, sí, era Margarita, pero en aquel momento la odiaba.

—Dispénsame,—empezó á decir balbuciente.—Ha sido sin querer, no soy un miserable, pero he visto el... el sobre (y lo tocó con el dedo) y no he podido resistir... Lo iba á guardar...

—¿Es tuyo?

—Es mío.

Margarita se ruborizó, mientras Anania, libre de un gran peso, empezaba á ver claro y razonar. Su orgullo, ofendido por la vergüenza sufrida, le aconsejaba que dijera que todo había sido una broma; ¡pero Margarita, con su vestido de paseo, con un cinturón verde brillante, estaba tan guapa, que el ímpetu de odio desapareció por completo! Anania sentía deseos de apagar la luz, y al quedar solos y alumbrados por la luna, caer á sus pies llamándola con los nombres más dulces; pero no podía, no podía, aun cuando advertía que también ella alzaba y bajaba los ojos con delicioso espanto, en espera de un grito de amor.

—¿Lo ha leído tu padre?—preguntó en voz baja.

—Sí; y se reía,—contestó, conmovida.

—¿Se reía?...

—Sí, se reía. Por fin me dió el papel y dijo: «¿Quién diablo será?»