—¿Y tú? ¿Y tú?
—Yo...
Hablaban bajo, ansiosos, rodeados del misterio de una deliciosa complicidad; pero de pronto Margarita cambió de voz y aspecto.
—¡Papá; está aquí Anania!—exclamó, corriendo hacia la puerta, y saliendo rápidamente, mientras Anania volvía á caer en una turbación grandísima.
Sintió la mano caliente y blanda del padrino estrecharle la suya, y vió los ojos azules y el brillo de la cadena de oro, pero no pudo recordar nunca los buenos consejos y las bromas que le prodigó aquella noche el padre de Margarita.
Una amarga duda le atormentaba. ¿Margarita había ó no, comprendido el verdadero sentido del soneto? ¿Cuál era su opinión? No había dicho nada acerca de ello, en los preciosos momentos que tan estúpidamente había dejado escapar. Su aspecto de turbación no le satisfacía; no era bastante claro. No, él quería saber algo más, saberlo todo...
—¿Y qué?—se preguntó con tristeza.—Nada. Todo es inútil. Aun cuando hubiese comprendido, aun cuando ella le quisiera... ¡Todo aquello eran tonterías! ¡Todo era inútil! Un vacío inmenso le rodeaba, y en él la voz del señor Carboni se perdía sin ser escuchada, como en un desierto infinito.
—¡Alégrate y no pienses más que en estudiar!—terminó diciendo el padrino, viendo que Anania suspiraba.—¡Alégrate, pues! ¡Sé hombre, y á ver cómo te portas!
Margarita entró acompañada de su madre, quien prodigó al estudiante su parte de consejos dándole ánimos. Margarita iba y venía; se había arreglado coquetonamente el pelo, dejándose un rizo en la sien izquierda, y, lo que es más importante, ¡se había empolvado! Los ojos y los labios deslumbraban; estaba hermosísima, y Anania la seguía con la mirada delirante, pensando en el beso de Ágata. Tal vez ella comprendió y fué atraída por la fascinación de aquella mirada, porque al marcharse le acompañó hasta el portón. La luna iluminaba el patio, como en aquella lejana noche, en que su aspecto altivo, pero al propio tiempo suave, había despertado en el niño la conciencia del deber; también entonces aparecía altiva y suave, y caminaba ligera, con un rumor de alas, pronta á emprender el vuelo. ¡Ah! era de veras un ángel, y Anania creía seguir soñando, y la veía volar y desaparecer sin que él pudiese alcanzarla; y el deseo de estrecharle la cintura sutil, adornada con la cinta brillante, le producía vértigos.
—¡No la veré nunca más! Caeré muerto apenas cierre el portón,—pensó, cuando llegaron al límite fatal.