Estas palabras consolaron algo á la buena mujer, quien le contó el episodio bíblico de Elías. Después le preguntó:
—¿Qué visitas has hecho?
Mientras él empezó á contar, el gatito se le subió sobre los hombros y le lamía las orejas, produciéndole unas extrañas cosquillas que le hacían, sin saber por qué, pensar en Margarita.
Cuando contaba la estúpida broma de Carchide, entró Nanna, á quien tía Tatana había mandado á comprar confites chiquititos para adornar el dulce. Apestaba á vino, llevaba la falda rota, enseñando por sus agujeros las piernas leñosas y violáceas, y estaba más repugnante que de costumbre.
—Toma,—dijo, sacando del pecho el paquetito de los confites, quedándose para escuchar á Anania.
—¿Has oído?—exclamó ingenuamente tía Tatana.—Aquel asqueroso de Francisco Carchide quiere casarse con Margarita Carboni.
—¡No es eso!—dijo Anania enfadado.—¡No entiende usted las cosas!
—Sí,—dijo Nanna,—ya lo sé; está loco. Ha pedido la mano de la hija del médico: ¡quería una ú otra! Lo han echado á la calle á escobazos. Y ahora quiere á Margarita, porque ha ido á tomarle medida para unos zapatitos y le ha estrechado el pie...
—¡Debía haberle dado un puntapié!—gritó Anania levantándose de un salto, con el gatito agarrado al cuello.—¡Un puntapié en las narices!
Nanna le miró; sus ojillos brillaban de un modo extraño.