Al volver á casa, Anania informó de todo á tía Tatana, quien, sentada ante un hornillo, preparaba un dulce de corteza de naranja, almendras y miel[28] que tenía que llevar de regalo á un personaje importante de Cagliari.
—Oiga,—decía Anania,—el canónigo me ha regalado un escudo y el médico dos liras. Yo no las quería...
—¡Ay muchacho, muchacho! Es costumbre regalar dinero á los estudiantes cuando marchan por primera vez,—observó, removiendo y mezclando cuidadosamente, con dos tenedores, las delgadas tiras de corteza de naranja dentro del reluciente caldero de cobre.
Un fuerte olor de miel hirviente perfumaba la plácida cocina; por todas partes asomaban los cestos amarillos preparados con provisiones para el estudiante.
Anania sentóse junto á tía Tatana, puso el gato sobre sus rodillas y empezó á acariciarle.
—¿Dónde estaré de hoy en ocho?—preguntaba pensativo.—¡Estáte quieto, abajo la cola! El canónigo me ha echado un largo sermón.
—Te aconsejaría que confesaras y comulgaras antes de partir.
—Esto se hacía hace veinte años, cuando se iba á caballo á Cagliari, empleando tres días en el viaje... Ahora ya no se hace,—contestó maliciosamente.
—¡Ay hijito, qué malo eres! ¡Tú ya no crees en Dios! ¿Entonces, qué será de ti en Cagliari, Santa Catalina mía? Espero que por lo menos irás á visitar la Sea (catedral) donde, según dicen, hay tantos santos que hacen milagros. En Cagliari la gente es muy religiosa; ¿tú no hablarás mal de la religión, verdad que no?
—¡Me río yo de la gente de Cagliari!—protestó Anania.—Cada uno cree lo que le parece y quiere; en el fondo del corazón adoro á Dios mucho más que todos los hipócritas...