Las razones de tía Tatana calmaron algo su impaciencia.

—Mira, aún eres un chiquillo; ¿á los diez y siete años ya quieres correr por el mundo? ¿Quieres morir en el mar, solo, lejos de todos nosotros ó extraviarte en una ciudad que tú mismo dices que es más grande que un bosque? Ahora te vas á Cagliari; el señor Carboni te dará muchas cartas de recomendación; conoce á todo Cagliari; hasta conoce un marqués. Ten paciencia. ¡Santa Catalina mía! Ya irás, ya irás allá, cuando seas mayor. Tú eres como un lebrato apenas destetado, que primero deja la madriguera para dar una pequeña vuelta hasta el muro de la tanca; después vuelve, crece, se atreve á ir un poco más lejos, de cada vez un poco más lejos, mira por donde puede ir y examina el camino que debe recorrer. Ten paciencia. Piensa que estaremos muy cerca, que podrás venir con más facilidad si hace falta. En las vacaciones de Navidad podrás venir...

—¡Bueno, iré á Cagliari!—dijo Anania, ya calmado.

Al día siguiente empezó sus visitas de despedida. Al director del Gimnasio, á un canónigo amigo de tía Tatana, al médico, al diputado, y por último al sastre, al cafetero y al zapatero Francisco Carchide, aquel joven guapo que tiempos atrás frecuentaba la almazara. Carchide había hecho fortuna, no se sabía cómo ni cuándo; era dueño de una hermosa tienda; tenía cinco ó seis oficiales, vestía casi de señor, hablaba con afectación, ¡y se permitía bromear con las señoritas á quienes calzaba!

—Adiós—dijo Anania, entrando en la tienda;—pasado mañana salgo para Cagliari. ¿Quieres algo de por allá?

—¡Sí,—dijo uno de los oficiales, alzando su rostro risueño,—que le mandes un anillo de diamantes porque debe casarse con la hija del Alcalde!

—¿Y por qué no?—exclamó orgullosamente Carchide.—Siéntate, hombre.

Pero Anania, molestado por la broma, que le parecía un insulto á Margarita, no quiso sentarse, y se despidió en seguida.

Al salir encontró en el portal al joven que la voz pública señalaba como hijo del señor Carboni; un muchacho muy alto para su edad, algo encorvado, pálido, de quijadas salientes y ojos azules, tristes, ojerosos, muy parecidos á los de Margarita.

—Adiós, Antonino,—dijo el estudiante, mientras el otro le miraba fijamente, con un relámpago de odio en su melancólica mirada.