Tía Tatana volvió sola.
—Anania,—dijo,—¿dónde has decidido marchar? ¿Á Cagliari ó á Sassari?
Hasta entonces había acariciado el sueño de pasar el mar; pero aquellas palabras le hicieron comprender que alguien había acordado no dejarle ir, por aquella vez, más allá de la costa sarda.
—¿Ha ido usted á casa del señor Carboni?—preguntó con cruel amargura.—No lo niegue. ¿Va usted á tener secretos conmigo? Lo sé todo. ¿Por qué no me deja marchar al continente? ¡Se lo restituiré todo!
—¡Bah! ¡bah! ¡bah!—exclamó tía Tatana, mortificada y adolorida por el ímpetu de fiereza del estudiante.—¡Santa Catalina de mi vida! ¿Pero qué cosas te figuras?
Anania suspiró, inclinó el rostro hacia un libro sin ver una sola letra. La buena mujer se le acercó y apoyó una mano sobre su espalda.
—¿Qué contestas, hijo mío, Cagliari ó Sassari? ¿No has estado diciendo siempre, hasta esta mañana misma, que querías ir á uno de estos dos puntos? ¿Por qué quieres ahora marchar más allá? ¡Jesús mío! El mar es una mala cosa. Dicen que se padece mucho y hasta pueden morirse. ¿Y si hay tormenta? ¿No piensas en las tormentas?
—No sabe usted ni una palabra...—dijo Anania, enfadado, con la vista fija en el libro y volviendo las páginas como si leyera vertiginosamente.
—¡Lo dices tú!—prosiguió tía Tatana.—¡Son caprichos tuyos! ¿No se estudia lo mismo en Cerdeña que en el continente? ¿Por qué quieres ir allá...?
¡Ay! ¿Por qué quería ir allá? ¿Qué sabían ellos? ¿Era sólo para estudiar que quería atravesar el mar? ¿Acaso, desde el primer día—aquel día del dulce otoño—en que Bustianeddu le había acompañado á la escuela, no había pensado en algo, que no era el estudio?