Avanzaba el otoño.
Eran los últimos días que Anania pasaba en su casa, y un cúmulo de sentimientos le pesaba sobre el alma; sentía cada vez más intenso el alegre impulso del pájaro que va á emprender el vuelo, pero una secreta tristeza nublaba su alegría, le atormentaba un vago temor de lo desconocido. Mientras se preguntaba cómo era el mundo hacia el cual se lanzaba con el pensamiento, debía decir adiós lentamente, día por día, al mundo humilde y triste en donde había pasado su incolora infancia, sólo obscurecida por el lejano dolor del abandono de su madre, sólo iluminada por el fantástico amor á Margarita. La estación, lánguida y dulce, contribuía á ponerle más sentimental. El otoño velaba el cielo de infinita dulzura, el horizonte desvanecíase tras las montañas produciendo el efecto de un velo lácteo que medio ocultase, dejándolo adivinar, un mundo de ensueños inefables.
En los verdi-rojizos crepúsculos, aclarados por rosadas nubes que serpenteaban, desvanecíanse y volvían á aparecer sobre el cielo glauco, Anania sentía los chasquidos y el olor de hierba seca quemada por los labradores, y le parecía que algo de su alma se desvanecía con el humo de aquellas melancólicas hogueras.
¡Adiós, adiós, huertos que miráis al valle; adiós ruido lejano del torrente precursor del invierno; adiós canto del cuclillo anunciador de la primavera; adiós, gris y salvaje Orthobene, con tus encinas proyectadas sobre las nubes, como cabellos rebeldes de un gigante dormido; adiós, montañas lejanas, rosadas y azules; adiós, hogar tranquilo y hospitalario, cuartito perfumado de miel, de frutas y de ensueños! ¡Adiós, humildes criaturas inconscientes de la propia desdicha, viejo tío Pera vicioso, Efes y Nanna desventurados, Rebeca infeliz, maestro Pane extravagante, locos, mendigos, delincuentes, muchachas hermosas é ignorantes, chiquillos consagrados al dolor, gente infeliz ó despreciable á las cuales Anania no tiene cariño alguno, pero las siente unidas á su vida como el musgo á la roca, y que abandona con alegría y pena!
¡Adiós, dulzura y luz sobre tantos dolores obscuros, arco iris rodeando cual marco de perlas el agrietado cuadro de una miseria antigua y eterna! ¡Adiós, Margarita!
Se acercaba el día de la marcha. Tía Tatana preparaba una infinidad de cosas, y tenía presentes en la memoria muchas más; camisas, calcetines, dulces, frutas, hogazas brillantes como el marfil, piezas de queso, un pollo y doce huevos conservados en sal, vino, miel, y uvas pasas, llenaban alforjas, cestas y cajones.
—¡Diablo!—observaba Anania,—¡parece que debe partir todo un ejército!
—¡Cállate, hijo mío! Cuando estés allá ya verás cómo nada te sobra. Allá nadie se ocupará de ti, pobrecito mío; ¿cómo te arreglarás?
—No se preocupe, ya me arreglaré.
El almazarero y su mujer tenían largos coloquios secretos, y Anania adivinaba el motivo; una tarde les vió salir juntos y estuvo ansioso esperando su regreso.