El estudiante contemplaba el horizonte y sus ojos se obscurecían á medida que se obscurecía el cielo. ¡Cuántos y cuántos años hacía que escuchaba una voz que desde lejos le llamaba!
Recordaba la aventura con Bustianeddu y su proyecto infantil de fuga; después los sueños sin interrupción, el deseo nunca apagado de un viaje atravesando el mar; y ahora, á punto de dejar la isla nativa, se sentía triste y se arrepentía de no haber continuado sus estudios en Cagliari. ¡Había sido tan feliz allí! Durante el último mes de mayo, Margarita se había presentado entre el esplendor fantástico de las fiestas de Santa Efes, y á su lado, en compañía de alegres grupos de amigos, había pasado horas inolvidables. Ella era elegante, muy alta y bien formada; sus cabellos espléndidos y sus ojos azules sombreados por grandes cejas negras, atraían la atención de la gente que se volvía para mirarla. Anania, menos alto y más delgado, iba á su lado temblando de placer y de celos. Le parecía imposible que aquella hermosa criatura, majestuosa y taciturna, en cuyos ojos desdeñosos vibraba la mirada orgullosa de una raza dominadora, descendiera hasta él, no tan sólo para mirarle, sino para quererle.
Ella hablaba muy poco. No era coqueta, y no cambiaba de aspecto ni voz, como hacen casi todas las muchachas, cuando los hombres le dirigían la palabra ó la miraban; y Anania se preguntaba si aquello era en ella superioridad ó soberbia, sencillez ó deseo de homenajes.
—¿Es posible que se contente conmigo?—se preguntaba.—Sí; claro que sí, porque comprende que ningún otro amor puede superar al que yo le consagro, y en el cual está concentrada la vehemencia de todas las demás pasiones que ella pudiese despertar.
Verdaderamente la quería mucho. Sólo la veía á ella, sólo miraba á las demás para compararlas con ella y encontrarlas inferiores; y cuanto más pasaba el tiempo, más aumentaba su pasión. Tenía días y largos periodos de delirio, durante los cuales le parecía imposible que tuviesen que pasar años y años antes de que ella fuese suya, largos años en que tenía que consumirle el deseo; pero por lo general su amor era constante, tranquilo y puro.
Durante las últimas vacaciones se habían encontrado solos bastantes veces, en el patio de casa Margarita,—protegidos por la criada que facilitaba su correspondencia.—solos bajo los discretos ojos de las estrellas ó el rostro impasible de la luna. Por lo general, los dos enamorados callaban, y mientras Margarita, por miedo ó pudor temblaba ligeramente, vigilante y melancólica. Anania suspiraba, sonreía y gemía, completamente olvidado del tiempo, del espacio, de las cosas y de los sucesos humanos.
—¡Qué fría estás conmigo!—le decía.—¿Por qué no repites de palabra lo que me escribes?
—Tengo miedo...
—¿De qué? Si tu padre nos sorprende, yo me echaré á sus plantas y le diré: «No, no hacemos nada malo, somos el uno del otro para siempre...». No tengas miedo, seré digno de ti. Ante mí tengo un hermoso porvenir... ¡Llegaré á ser algo!
Ella no contestaba. No le decía que si el señor Carboni les sorprendía, el porvenir podía quedar destruido; pero seguía vigilando.