Anninia,—dijo el estudiante campidonense con voz lenta é indolente, dando á Anania el mote que le habían sacado sus compañeros, imitando el canto monótono con que las madres duermen á sus pequeñuelos.—¿Te duermes? ¡Ea! no llores, así es la vida; un billete circular con derecho de paradas más ó menos largas. Consuélate al menos pensando que el mareo no vendrá á interrumpir los sueños de amor...

El cura, joven y despreocupado, dijo, burlándose también de Anania:

—Consuélate, corazón duro,
Porque en el infierno hay truchas...[32]

Y añadió:—Dejamos la patria querida, pero no nos marearemos.

En efecto, el mar estaba en calma completa y la travesía empezaba con los mejores auspicios. La luna se ocultaba iluminando fantásticamente la costa y la enorme roca del Cabo Figari, parecida á un centinela ciclópeo, vigilando el melancólico sueño de la isla abandonada.

¡Adiós, adiós, tierra de destierro y de ensueños! Anania permaneció inmóvil, apoyado en la borda del vapor, hasta que la última visión del Cabo Figari y de las islitas, surgiendo azules de entre las olas, como nubes petrificadas, se desvanecieron en el vaporoso horizonte. Después se sentó en un banco, golpeándose despechadamente la frente con un puño, para no dejar salir las lágrimas que le velaban los ojos. Su compañero, que no se encontraba bien aun estando el mar en calma, se retiró en seguida, y Anania quedóse solo sobre cubierta, pálido y ojeroso, molestado por la brisa húmeda, triste y desesperado, hasta que la luna, roja como un hierro sacado del fuego, desapareció á lo lejos, en el horizonte turbio y sangriento. Por fin se marchó al camarote, pero tardó en dormirse. Le parecía que su cuerpo se alargaba y acortaba incesantemente, y que una hilera interminable de carros pasaban por encima de su cuerpo entumecido. Los recuerdos más tristes de su vida pasaban por su imaginación. Le parecía oir, en el ruido del agua hendida por el vapor, el rumor del viento en la casita de la viuda, en Fonni... ¡Oh! ¡Cuán triste era la vida, cuán inútil y vana! ¿Qué era la vida? ¿Por qué vivir?

Se durmió tristemente; pero al despertar se sintió otro, ágil, fuerte, feliz. Se había dormido en un paisaje tétrico, entre ondas lívidas, vigiladas por una luna sangrienta, y despertaba en un mar de oro, en un paisaje de luz, cerca de Roma.

—¡Roma!—pensó temblando de alegría.—¡Roma! ¡¡Roma!! ¡Patria eterna, madre y amante, hechicera y amiga, curadora de todos los dolores, río de olvido, canto de promesas, abismo de todo mal y fuente de todo bien!

Creía poderla abrazar toda, sentíase capaz de conquistar el mundo entero. Ya en Civitavecchia, húmeda y negra bajo el cielo matutino, todo le parecía hermoso, si bien de una hermosura un poco decaída, y decía á su compañero Daga:

—Mira, me parece estar en el vestíbulo sencillo, pero ya misterioso, de una maravillosa gruta marina.