Daga, que había vivido un año en Roma, sonreía burlonamente, aun cuando envidiaba el entusiasmo de su amigo.

La llegada ruidosa y terrorífica del exprés, produjo en el joven provinciano una sacudida eléctrica, una especie de terror, la primera impresión vertiginosa de una civilización casi violenta y destructora. Le pareció que aquel gran monstruo de ojos rojos lo arrastrase, como el viento á la hoja, lanzándole en un crisol de nueva vida, hirviente, lleno de placeres y dolores terribles. Aquello era la vida verdad, la civilización profunda, la humana marea, la omnipotente palpitación que desde su primer viaje á través de su isla natal había soñado, sin poderlo percibir nunca en su grandiosa realidad.

Asomado á la ventanilla, miraba las líneas melancólicas de la campiña romana, verde rosada á la luz del sol de otoño, que le recordaba las llanuras de su patria. Pero las impresiones del paisaje y los recuerdos desaparecían, vencidos por la sensación de la vida nueva hacia la cual marchaba. Todo, los muros, los árboles, el césped, el aire mismo, parecían huir locamente, locos de terror, perseguidos por invisible monstruo; y sólo el exprés, monstruo benigno y protector, enorme guerrero de la civilización, iba violentamente al encuentro del dragón monstruoso, para saltarle encima y destruirlo.


En Roma, los dos estudiantes fueron á vivir en un tercer piso de una casona inmensa de la plaza de la Consolación, en casa de una viuda, madre de dos graciosas muchachas, telegrafistas en las oficinas de un periódico. La compañía de Daga, tipo camaleóntico, á veces alegre, á veces hipocondríaco, á menudo colérico, con frecuencia apático y siempre egoísta, sirvió de gran alivio á Anania durante los primeros días de estancia en la capital.

Los dos estudiantes dormían en la misma habitación, dividida por una especie de cortina formada por un cobertor amarillo. El cuarto era grande, pero algo obscuro, con el suelo muy gastado, y una ventanita que daba á un patio interior.

La primera vez que Anania se asomó á la ventana, experimentó una desesperada sensación de angustia. Del sucio fondo del patio, se alzaban altísimos muros de un amarillo negruzco, agujereados por largas ventanas irregulares, de donde salían pesados olores de cocina y en especial el penetrante y dulce olor de la cebolla frita. Á lo largo de las paredes, y atravesando el patio, había unos alambres, y colgados de ellos trapos de una blancura equívoca. Uno de los alambres, con anillas corredizas, de las que colgaban trozos de bramante, pasaba por delante la ventana de los estudiantes. Mientras Anania miraba con desesperada tristeza los muros amarillos perderse en el cielo pálido de la tarde, Bautista Daga sacudió el alambre y empezó á reirse.

—Mira,—decía,—mira cómo bailan las anillas y los bramantes. Parecen personas. Es divertido.

Anania miró y en efecto le pareció que las anillas y los hilos tomaban movimientos de títeres. Bautista prosiguió:

—Así es la vida; un alambre á través de un patio sucio. Los hombres se agitan, casi siempre, sobre un abismo de porquería.