—¡No me fastidies, hombre!—dijo Anania.—¡Bastante melancólico estoy para aguantar tus consideraciones filosóficas! Salgamos: me ahogo.

Salían y andaban, y andaban, cansándose horriblemente, aturdidos por el ruido de los coches y los tranvías, por el resplandor de las luces, el cruce violento y el ronco aullido de los automóviles y sobre todo por el vaivén de la muchedumbre indiferente.

Anania sentíase más triste que nunca. Entre el gentío, cogido del brazo de su compañero, le parecía encontrarse solo en un desierto, en un mar tempestuoso. Le parecía que si se encontrase en peligro y pidiese socorro, nadie acudiría á sus gritos, y que la muchedumbre pasaría por encima de su cuerpo sin verle siquiera. Recordaba á Cagliari con nostalgia desesperante. ¡Oh balcón encantado, horizonte marino, dulce Venus brillando en el fondo inefable del pinar! Aquí no había estrellas, ni luna, ni horizonte; tan sólo un horroroso conjunto de piedras, y entre ellas un hormigueo de hombres que al estudiante barbaginense[33] le parecían de una raza distinta é inferior á la suya.

Especialmente durante los primeros días, vista á través del aturdimiento, del cansancio, de la melancólica sugestión del oscuro cuarto de la Plaza de la Consolación, Roma le produjo una tristeza casi febril. La ciudad vieja, con sus calles estrechas, sus tiendas mal olientes, de interiores miserables, con puertas que parecían bocas de cavernas y escalerillas que se perdían en lugares tenebrosos, llenos de dolor, le recordaba los más miserables pueblecitos sardos, los cuales, por lo menos, tienen aire y luz. En la Roma nueva se encontraba perdido, todo le parecía enorme; las calles trazadas por un gigante, para uso de los gigantes; las casas, montañas; las plazas, tancas sardas; hasta el cielo era demasiado alto y demasiado profundo. ¡Ah, no, no era ésta la Roma embriagadora, inmensa, pero no opresora, que había creído vislumbrar desde Civitavecchia!

Hasta en la Universidad, donde empezó á asistir asiduamente á los cursos de Derecho civil y penal y á las lecciones de Ferri, le esperaba un desencanto. Los estudiantes no hacían más que alborotar, reirse y burlarse de todo. Parecían tomar á broma la vida misma. Especialmente en el aula núm. 4, mientras esperaban á Ferri, el estruendo y alboroto pasaba el límite. Á lo mejor un estudiante subía á la cátedra y empezaba una parodia de lección acogida por aullidos, silbidos, aplausos y gritos de «Viva el Papa», «Viva San Alfonso de Ligorio», «Viva Pío IX». Á veces el estudiante, desde la cátedra, con un descaro indescriptible, imitaba el mayar de un gato ó el canto del gallo. Entonces los gritos y los silbidos redoblaban; se lanzaban pelotas de papel, plumas, fósforos encendidos contra el estudiante que resistía hasta que podía, ó hasta que la llegada del profesor, acogida por aplausos ensordecedores, ponía fin á la escena y entraba todo en orden.

Más tarde Anania también tomó parte en los alborotos y tumultos estudiantiles; pero durante los primeros días, la alegría despreocupada, el escepticismo, la vanidad y el egoísmo de sus compañeros, le hería tristemente. Sintióse más que nunca solo, diferente de todos los demás, y se arrepintió de haber ido á Roma.

Una vez él y Daga atravesaron la calle Nacional al anochecer. Las aceras estaban casi desiertas. El resplandor lunar de las lámparas eléctricas fundíase en el crepúsculo azulado. Las ventanas del palacio ocupado por el Banco, estaban vivamente iluminadas.

Los dos jóvenes se pararon un momento.

—Mira,—dijo Daga.

—Parece que todo el oro encerrado dentro, brilla á través de las ventanas. ¡Me explico, eh!—dijo Anania.