—¡Bravoooo, hombre!—gritó el otro.—Cómo se ve que mi compañía te desbasta.
Más adelante se volvieron á parar, esta vez entusiasmados los dos.
Á la izquierda, sobre el indescriptible fondo de la calle de las Cuatro Fuentes, el cielo presentaba un oscuro color de violeta. Á la derecha la luna llena, grande y amarilla, asomaba por detrás del negro perfil de Santa María la Mayor, que parecía dibujada sobre una lámina de plata.
—¿Vamos al Coliseo?—propuso Anania.
Y fueron allá, dando largas vueltas en el divino misterio de aquel lugar, contemplando la luna á través de cada arco. Después se sentaron sobre una columna reluciente y entrambos suspiraron.
—Siento una alegría parecida al dolor,—dijo Anania.
Daga no respondió, pero después de un largo silencio, dijo:
—Me parece estar en la luna. ¿No te parece que en la luna se debe sentir lo mismo que se siente aquí, en este gran mundo muerto?
—Sí,—dijo Anania, con voz apagada, respondiendo á una pregunta íntima.—¡Esto es Roma!
NOTAS: