También había desaparecido la nostalgia. Ante los ojos del estudiante, Roma había descorrido sus velos, y aparecía como un maravilloso panorama saliendo de las nieblas de la mañana; y había llegado á quererla tanto, que un día, dominándola, desde el mirador de Villa Médicis, refulgente, rodeada por la verde cuenca de la campiña otoñal como una ciudad de nácar encerrada en concha inmensa de esmeralda, y mirando al propio tiempo el solitario horizonte que le recordaba las soledades de su patria, se preguntaba quién era más fuerte ahora, el antiguo amor por su tierra natal ó el nuevo amor por Roma.
Había empezado una vida de estudio, y sentía, por fin, el alma eterna de Roma, impulsar, dulce y severa, su pequeña alma. Frecuentaba asiduamente las lecciones de la Universidad, las bibliotecas, galerías y museos. Algunos cuadros le producían extraña impresión, pareciéndole haberlos visto en otra parte... ¿Dónde? ¿Cuándo? No lo sabía. ¿En una vida anterior? Á veces advertía que aquellas sensaciones nacían de la semejanza de ciertas figuras con personas de su tierra. Así, por ejemplo, en una Virgen de Coreggio vió la cara morena de la madre de Bustianeddu, en un viejo del Spagnoletto reconoció el obispo de Nuoro, y encontró, viva y hablando, en una copia del Retrato de Ignoto Toscano, cuyo original se encuentra en Venecia, la fisonomía sarcástica de tío Pera el hortelano.
Cada día, en las calles, en las iglesias, en las galerías ó en los escaparates descubría algo nuevo, objetos bellos y artísticos que le arrancaban gritos de entusiasmo. ¡Qué hermosa era Roma y cómo empezaba á quererla!
Pero por encima de todos los amores y de todos los entusiasmos, como la nube que cubre todas las cosas, pasaba una sombra...
La noche antes de aquel día lluvioso, hacia las once, mientras los dos estudiantes sardos bajaban, charlando en dialecto, por la calle Nacional, casi desierta y silenciosa bajo la luz violácea de las lámparas eléctricas algo veladas, una de las mariposas nocturnas que vagabundeaban por las aceras, les había parado saludándoles en sardo.
—Bonas tardas, pizzocheddos...
Era alta, morena, con grandes ojeras. La luz eléctrica daba á su carita, surgiendo del cuello de pieles de un largo abrigo claro, una palidez cadavérica.
Como en Cagliari, la noche en que Rosa y su compañera le habían parado, Anania se estremeció, horrorizado, arrastrando consigo á Daga que contestaba insolentemente á la mujer.
Y cada vez que en las calles ó callejuelas desiertas, en las melancólicas noches veladas levemente por la niebla, encontraba alguna errante fantasma del vicio, sentía frío en el alma.
¿Era ella? ¿Podía ser ella? ¡Sí, esta vez, sí!... Aquella mujer había hablado en sardo; era sarda... podía ser ella...