Tumbado sobre la cama, después de horas y horas de amargura, de dudas, de opresora melancolía, pensaba:

—Es inútil hacerse ilusiones. No estoy loco, no; no es posible vivir de esta manera; es preciso que yo sepa... ¡Oh, si hubiera muerto! ¡Si hubiera muerto! Es preciso que busque. ¿No he venido á Roma para esto? ¡Mañana! ¡Mañana! Desde el día que llegué repito esta palabra, y llega el mañana y yo no hago nada. ¿Pero qué puedo hacer? ¿Dónde debo acudir? ¿Y si la encuentro?

¡Ah! ¡Esto es lo que le daba miedo! No quería pensar en lo que sucedería después...

De pronto se preguntó:—¿Y si pidiera consejo á Daga? Si le dijese: «Bautista, voy á salir, voy á las oficinas de la policía para pedir informes...». ¿Qué me aconsejaría? Á punto de empezar mi misión, tengo necesidad de poner mi confianza en alguien, de pedir consejo y ayuda... de descubrir mi triste secreto. ¡Ah! ¡No puedo más! Hace tantos años que arrastro conmigo tan pesada carga, que ahora quisiera librarme de ella, echarla, como se echa un peso que nos oprime... librarme... respirar... Es preciso que arroje de mi cuerpo este gusano roedor... Me dirán que soy un estúpido, me convencerán de ello, me dirán que lo deje... ¡Y tanto mejor si me convencen!... ¡Qué día más triste! Me parece leer una novela de Dostoyewski, ver una turba de gente gris y hambrienta pasar por el fondo de la alcoba... El cielo se oscurece de cada vez más... ¿Tengo sueño? Es preciso que vaya en seguida. Bautista,—dijo incorporándose, con el codo sobre la almohada.—¿No vas á salir?

—No.

—¿Me prestas el paraguas?

Esperaba que le preguntase adónde iba á ir, pero Daga dijo:

—¿No me harías el favor de comprarte uno?

Anania sentóse en la cama, de cara á la cortina, y dijo lentamente:

—Quiero ir á las oficinas de policía...