Y esperó que una voz fraternal le preguntase su secreto... Ya pensaba, palpitante, el modo de empezar...

Pero á través de la cortina una voz burlona le preguntó:

—¿Vas para que pongan presa á la lluvia?

Anania se rió, mientras el secreto volvía á caer sobre su corazón, más amargo, más pesado que antes. ¡Ah! No una cortina, una muralla inmensa, insuperable, le separaba de la confianza y caridad del prójimo. No debía pedir ni esperar ayuda de nadie; debía bastarse á sí mismo.

Se levantó, se peinó cuidadosamente, y buscó en la cómoda su partida de bautismo. Después abrió la puerta.

—Oye, coge el paraguas. ¿Se puede saber á qué vas?—preguntó el otro, en medio de un enorme bostezo.

No contestó y salió.

Llovía sin interrupción, copiosamente. Bajando la oscura escalera, Anania se detuvo un momento, escuchando el sonoro ruido del agua sobre los cristales de la lumbrera. Le parecía el ruido de una cascada que debía de un momento á otro hacer añicos los cristales, y precipitarse en el hueco de la escalera, ya inundada por el estruendo de la inminente ruina. Una tristeza y un frío de muerte le oprimió el corazón. Salió y paseó á la ventura, durante largo rato, por las calles lavadas por la lluvia. Subió por una callejuela desierta, pasó por bajo un arco negro y misterioso, miró con infinita tristeza las húmedas penumbras de ciertos interiores, de algunas tenduchas, en donde se dibujaban pálidas figuras de mujeres, hombres vulgares, chiquillos sucios; antros donde los carboneros tomaban aspectos diabólicos, donde los cestos de verdura y frutas se pudrían en la fangosa oscuridad, y el herrero, el remendón y la planchadora se consumían en un imaginario lugar de pena, más triste que las cárceles, porque era más melancólico y para toda la vida.

Anania recordó la cabaña de la viuda de Fonni, donde había pasado los primeros años de su infancia; después la casa de su padre, la almazara, el barrio miserable y las melancólicas figuras que en él vivían; y le pareció estar condenado á vivir siempre en lugares de tristeza y entre cuadros de dolor.

Después de largo é inútil vagabundear, volvió á su casa y se puso á escribir á Margarita.