«Estoy mortalmente triste,—escribió;—tengo sobre el alma un peso que me oprime y me mata. Hace muchos años que quería decirte lo que hoy te escribo, en este día lluvioso y melancólico. No sé cómo acogerás la revelación que voy á hacerte; pero cualquiera que sea tu modo de pensar, no olvides, Margarita, que si me decido á hacer lo que pienso, es porque á ello me arrastra una fatalidad inexorable, un deber más amargo que un delito... Tal vez... Pero yo no quiero pensar... yo no quiero inclinarte á esta ó aquella resolución, aunque de ella dependa mi vida ó mi muerte. Y hablando de muerte quiero decir muerte moral; aquella muerte que no mata el cuerpo, pero le condena á una lenta agonía... Pero antes te voy á explicar... ¡No puedo! ¡No puedo! Me parece que en seguida que te habré dicho lo que quiero hacer, me vas á rechazar; y sin embargo mi dolor es tan inmenso que siento la necesidad de arrodillarme á tus pies y esconder el rostro en tu regazo, como un chiquillo que llora, y depositar en ti mi angustia, antes...».

Al llegar á la palabra «antes» se paró y empezó á leer la carta comenzada. Volvió á coger la pluma, pero no pudo continuar, dominado por una repentina frialdad. ¿Quién era Margarita? ¿Y él quién era? ¿Quién era aquella mujer? ¿Y la vida, qué era? Y empezaban otra vez las estúpidas preguntas. Contempló durante largo tiempo á través de los cristales, destacándose sobre un fondo amarillento, el gotear de los alambres, y las anillas y bramantes agitados por el viento. Pensó:

—¿Si me suicidara?

Rompió lentamente la carta, primero en largas tiras, después en cuadritos que colocó en columna, y volvió á contemplar estúpidamente los cristales, los alambres y los bramantes que parecían títeres mojados.

Por la tarde cesó la lluvia y los dos estudiantes salieron juntos. Serenábase el cielo. En el aire suave vibraban los rumores de la reanimada ciudad, y el arco iris rodeaba, cual maravilloso marco, el cuadro húmedo del Foro Romano.

El buen tiempo había dado á Daga una alegría despreocupada; y en cambio Anania sentíase más oprimido por sus tristes ideas. Con las manos en los bolsillos, el sombrero ante los ojos, callado, caminaba automáticamente, sin ver nada de lo que pasaba á su alrededor.

Como de costumbre, los dos amigos subieron por la calle Nacional, y Daga se paró á mirar los periódicos ante casa Garroni, mientras Anania seguía andando distraído, al encuentro de una fila de seminaristas vestidos de rojo, hablando una lengua extraña, y tropezó ligeramente con uno de ellos. Entonces pareció despertar de un sueño, echó una maldición en sardo y volvió la cara. Los seminaristas se alejaban; el reflejo de sus hábitos escarlata daba un resplandor sangriento al empedrado mojado, y las aceras parecían iluminadas. Aquellos jóvenes extranjeros iban alegres y sin preocupaciones, vivos y oscilantes como llamas que pasaban iluminando la calle y llenándola con su charla y sus risas. Del mismo modo pasaban por la vida, sin preocupaciones, inconscientes, porque ante ellos no surgía la sombra de ninguna pasión, y no brotaba más llama que la de sus hábitos talares. Anania pensó en ellos casi con envidia, y dijo al compañero que acababa de alcanzarle:

—Cuando chico conocí al hijo de un bandido famoso. El chiquillo estaba lleno de pequeñas pasiones salvajes, y se proponía vengar á su padre. Y después he sabido que se ha hecho fraile. ¿Cómo te lo explicas?

—¡Estará loco!—contestó Daga con indiferencia.

—¡Pues no!—replicó Anania animándose.—Siempre explicamos ó queremos explicar muchos misterios psicológicos, dando el calificativo de loco á quien los realiza.