—¿Pero tú crees estar en Nuoro? Hay muchos puestos; sé que hay uno aquí cerca, en San Martín del Monte, porque un día encontré un delegado sardo conocido mío...

—¿Quieres acompañarme?—preguntó Anania, tomando por la calle de Depretis.

Repentinamente se había puesto pálido y las manos le temblaban dentro de los bolsillos.

—¿Pero qué tienes?—preguntó asombrado su compañero.—¿Qué quieres de la policía? ¿Qué te ha pasado? ¿Has cometido algún delito?

—Quiero averiguar... me han encargado que averigüe las señas de una persona... Vamos, vamos.

Apretó el paso, y su compañero le siguió curioso y algo turbado.

—¿Quién es esta persona? ¿Quién te ha dado el encargo? ¿Es paisana tuya? ¿No se puede saber? Habla de una vez...

Pero el otro andaba de prisa y no contestaba.

—Oye, tú,—dijo Daga, al llegar frente á Santa María la Mayor.—¿Por quién me tomas? ¿Por un perrito? Si no abres la boca, te planto y me voy...

—Espérame un momento,—dijo Anania sin pararse,—ya te contaré...