Puesto en curiosidad, Daga esperó, paseando por la escalinata de Santa María. Pasó casi una hora. Poco á poco el estudiante fué olvidando la ocupación misteriosa de su compañero, absorto en la contemplación de la grandiosa escena que se desplegaba ante sus ojos. Del purísimo cielo caía la luz rosada del crepúsculo, y en el inmenso abanico de calles que parten de la plaza del Esquilino, brillaban las grandes perlas amarillas de las lámparas eléctricas. En la plaza aún con luz natural, la gente y los carruajes pasaban como en una platea enorme, ante un escenario único é inmenso.

—...Un hilo invisible impulsa á los hombres como si fueran títeres,—pensaba el estudiante.—¡Helos ahí que pasan, se apresuran, desaparecen! Todos ellos se creen grandes, el eje del mundo, y creen que el mundo existe sólo para ellos. ¡Y cuán pequeños son! ¿Cuántos habrán cometido algún delito, tal vez aquel señor que lleva una chistera tan brillante? ¿Tal vez ha envenenado á alguien? Todos tienen preocupaciones... no, todos no; es mentira que la humanidad sufra; la inmensa mayoría no sufre ni goza. ¡Por ejemplo, toda la gente que va al Pincio! ¿Es posible que aquella gente sienta placer ni dolor? ¿Es Anania Atonzu aquél? Sí, ya viene; también él parece una figurilla de cartón. Tiene el mismo aspecto que Polichinela cuando dice: «¡La suerte está echada!».

Y con olímpica superioridad, el estudiante acogió con una sonrisa, como nunca burlona, el regreso de su compañero.

—¿La suerte está echada?—le preguntó con énfasis, haciendo la acción de echar algo.

—Sí,—contestó Anania, apoyándose indolentemente en la pared.

Durante unos momentos se sumergió en la contemplación de la plaza, donde las luces de los faroles empezaban á vencer la luz del crepúsculo. En el fondo de la calle central, que le produjo la idea de una carretera á través de un bosque, vió el monte Mario, cual lejana muralla proyectándose sobre un cielo rojo; y sin saber por qué recordó la noche que, siendo niño, subió á la falda del Gennargentu y vió un cielo amenazador, todo rojo, donde revoloteaban las almas de los bandidos.

En aquel momento también sentía el misterio revolotear á su alrededor, é infundíale espanto la visión de la ciudad; bosque de piedra atravesado por calles luminosas, por ríos, cuyo oleaje era movido por el palpitar de la humanidad doliente.

III

Sí; como decía Bautista Daga y como se lee en las antiguas historias románticas, la suerte estaba echada. La policía, después de la petición é informaciones de Anania, se ocupó de la busca de Rosalía Derios, y hacia fines de marzo participó al estudiante que en el número tantos de la calle del Seminario, en el último piso, vivía una mujer sarda que alquilaba habitaciones, cuyo pasado y señas coincidían casi en todo con las de Olí.

Esta señora se llamaba, ó se hacía llamar, María Obinu, natural de Nuoro. Vivía en Roma hacía catorce años, y durante los primeros había vivido algo... irregularmente. Desde hacía algún tiempo llevaba muy buena vida,—al menos en apariencia,—alquilar habitaciones amuebladas.