Anania no se conmovió al recibir estas informaciones. No recordaba fijamente la fisonomía de su madre, pero sabía que era alta, con el pelo negro y los ojos claros; y la señora Obinu era alta, con el pelo negro y los ojos claros. Además estaba seguro de que en Nuoro no existía ninguna familia que se llamara Obinu, y que ninguna mujer nuorense viviese en Roma teniendo casa de huéspedes. Evidentemente la señora Obinu ocultaba su verdadero nombre y su país natal...

Sin embargo presintió que la mujer cuyas señas le había dado la policía, no podía ser su madre, y sintió una sensación de libertad. Ya había cumplido con su deber. María Obinu no era ni podía ser Rosalía Derios; ésta no vivía en Roma, toda vez que la policía no conseguía dar con ella. De modo que mientras viviese en Roma, no estaba obligado á proseguir sus investigaciones. Después de días y meses de opresión, por fin pudo respirar tranquilo.

La primavera penetraba hasta en el patio melancólico de la casona de la plaza de la Consolación, en aquel inmenso pozo amarillo exhalando olores de comida y animado por el canto de las criadas y los gorjeos de los canarios prisioneros. El aire era templado y dulce; por el cielo azul pasaban nubecillas y el viento llevaba fragancias de lilas y violetas.

Asomado á la ventana, el estudiante se dejaba llevar de nuevo por una nostalgia lánguida, pero no desesperada. El olor de las violetas, las rosadas nubecillas, la templada primavera, le recordaban la tierra nativa, los vastos horizontes, las nubes que, desde la ventana de su cuartito, veía asomarse ó tramontar entre las encinas del Orthobene. Recordaba después el pinar del monte Urpino, el silencio de la colina cubierta de gamones y lirios color de violeta, el misterio de los senderos vigilados por la mirada pura de las estrellas. Y en el fondo cerúleo de los recuerdos, la querida figura de Margarita surgía y dominaba, con los piececitos sobre el césped de los aplacibles paisajes nativos, esfumándose sus cabellos color de cobre en el fulgor del cielo metálico.

La primavera romana sólo le conmovía por los recuerdos que despertaba en él. Parecíale una primavera artificial con exceso de flores y perfumes, con las puestas de sol demasiado encendidas, casi exageradas. La Plaza de España, adornada como un altar, con la escalinata cubierta de hojas de rosa movidas por el viento; el Pincio, con los árboles llenos de flores violáceas; las calles, perfumadas por las cestas de violetas y peonias que las descaradas floristas paradas en el borde de las aceras ofrecían á los transeúntes, toda aquella ostentación, todo aquel mercado de la primavera, daba al joven la idea de una fiesta insubstancial que á la larga acababa por entristecer y desagradar.

La primavera palpitaba más allá del horizonte; joven, salvaje y pura, correteaba por las tancas cubiertas de hierbas altas y ondeantes; cantaba con las aves palustres á la orilla de solitarios torrentes; jugueteaba con las ovejas salvajes y las liebres saltadoras entre los pamporcinos, bajo las inmensas encinas, consagradas por los viejos pastores de la Barbagia; se dormía á la sombra de las rocas tapizadas de musgo, en las siestas voluptuosas; y alrededor de su cama de helechos, los dorados insectos zumbaban amándose, y las abejas libaban las rosas silvestres extrayendo su amargo jugo, amargo y dulce como el alma sarda.

Anania amaba y vivía aquella primavera lejana; y para gozarla mejor se pasaba largas horas sentado junto á la ventana, estudiando ó contemplando las rosadas nubecillas, ó simplemente el cielo azul, imaginándose ser un prisionero enamorado. Un sueño agradable le velaba el alma, quitándole la fuerza y la voluntad de pensar. Las ideas llegaban y pasaban por su mente,—como la gente pasa por la calle,—y no hacía el más pequeño esfuerzo para sujetarlos; pero le parecía que sus ideas, semejantes á personas melancólicas, pasaban lánguidamente, dejando un rastro de tristeza sobre sus huellas.

Amaba más que nunca la soledad; hasta la presencia del compañero le irritaba, tanto más cuanto que no marchaban muy de acuerdo.

Daga le molestaba; le pedía dinero prestado y no se lo devolvía; se burlaba de él continuamente, y disputaban siempre.

—Vemos la vida desde dos puntos de vista distintos,—decía el campidonense;—mejor dicho, yo la veo, y tú no. Yo soy miope y veo, con el auxilio de poderosos lentes, las cosas y los sucesos humanos claramente, aunque muy pequeños; tú eres miope y no tienes lentes.