Y en efecto, á veces creía Anania tener un velo ante los ojos, y sentía que la desconfianza, el dolor y el temor se infiltraban en su sangre. Hasta su amor por Margarita estaba compuesto, en el fondo, de tristeza y miedo; y la nostalgia, el placer de la soledad, la modorra primaveral, la indiferencia con que veía la vida que palpitaba y zumbaba á su alrededor con un rumor de mar,—de aquella vida potente que había presentido y que no conseguía sujetarle,—todo, era desconfianza, dolor y temor; y él se daba cuenta de ello.
Un día de los últimos de mayo, Anania sorprendió á su compañero en íntimo y tierno coloquio con la mayor de las hijas de la patrona.
—¡Eres una bestia!—le dijo despreciativamente.—¿No haces el amor á la otra hermana? ¿Por qué te burlas de las dos?
Y empezaron á disputar agriamente.
—Perdona, estúpido; son ellas las que vienen á buscarme, ¿las voy á rechazar?—preguntó cínicamente Daga.—Ya que el mundo está perdido, aprovechémonos. Ahora son las mujeres las que seducen á los hombres: y yo sería más estúpido que tú, si no me dejase seducir... hasta cierto punto...
—¡Para un joven de veinte años no está mal!—dijo Anania.—¿Pero por qué será que ciertas cosas no pasan más que á ciertos tipos? Á mí nunca me ha pasado nada parecido.
—Porque á los asnos no puede pasarles lo que les pasa á los hombres. El asno sardo, ¿sabes? aquel asno proverbial, sardu molente, lleva siempre vendados los ojos y no tiene más misión que dar vueltas á la muela. Aunque el mundo se venga abajo, él no verá nada, y da vueltas y más vueltas... La muela es su idea fija. Si, por casualidad, algún día un desdichado historiador quisiese narrar la vida de aquel asno, consideraría inútil explicar cómo comía ó dormía el héroe, qué materias estudiaba, si quiso ser abogado, médico, ó farmacéutico, si vivía un la tierra, en el mar, ó en las estrellas; porque todas estas cosas no entraban para nada en la existencia de la bestia eximia, como forman parte de la de los demás mortales.
—Pero podría decir que no fué una bestia inmoral.
—Te podría preguntar qué cosa es la moral, pero de seguro no sabrías contestarme. Te diré, en cambio, que muchas veces la moral ó la moralidad es efecto de la ocasión. Un asno es moralísimo cuando no tiene ocasión de ser lo contrario. ¿Qué culpa tengo yo, si las señoritas de la casa saben que tú estás prometido y creen oportuno concederme á mí, que no lo estoy, sus suaves descargas eléctricas?