—¿Prometido yo?...—exclamó Anania,—¿quién lo ha dicho?
—¡Quien lo sabe! Enamorado de una Margarita, cuya miel, según parece, esta vez se ha hecho para la boca de un asno.
—¡Te prohíbo que repitas este nombre!—dijo Anania, acercándose con los puños amenazadores á Daga.—¿Entiendes? ¡te lo prohibo!
—¡Abajo los puños, que me vas á sacar los ojos! Yo me río de ti y de todos los enamorados del mundo.
Temblando de cólera Anania se puso á empaquetar febrilmente sus libros y sus cartas.
—¡Ah!—decía con rabia;—¡me voy en seguida, cuanto antes! ¿De modo que aquí hay gente curiosa, del mismo modo que hay gente aficionada á divertirse? ¡Pues bien, divertirse mucho, sinvergüenzas, asquerosos! Pero yo me marcho en seguida.
—¡Adiós, hombre!—decía Bautista, tumbado sobre la cama.—Acuérdate, por lo menos, que durante los primeros días de tu llegada, si no es por mí, te aplastan como á un escarabajo los tranvías eléctricos, que tú tomabas por bestias feroces...
—Y tú acuérdate...—gritó Anania, molestado sobre todo por la burla y tranquilidad de su compañero.
Pero se avergonzó y no terminó la frase.
—Lo recuerdo muy bien; te debo veintisiete liras. Y me c... en tus veintisiete liras. Mi padre tiene siete tancas una al lado de otra, ¿sabes?...