—¡Y hasta con un río en medio!—dijo el otro, echando un montón de libros sobre la mesa.—Y yo me río de tus tancas, de ti, de tu padre...

—Y yo también...

Y así se separaron los dos pequeños superhombres que en el Coliseo se habían creído vivir en la luna, y Anania abandonó la oscura alcoba y la cortina amarilla con el propósito de no volver nunca más.

Apenas salió, con el corazón rebosando hiel, se dirigió automáticamente hacia el Corso, y casi sin darse cuenta se encontró en la calle del Seminario. Un caluroso levante hacía muy pesada la tarde; las cortinas de las tiendas volaban molestando desagradablemente á los escasos transeúntes; por el aire, junto al olor húmedo de la tierra mojada, pasaban perfumes de flores y olores de barnices, drogas y de comida.

Anania sentía vibrar sus nervios como cuerdas metálicas. En la calle del Seminario pasó por entre un grupo de curas y seminaristas, cuyos manteos volaban, y le pareció atravesar un campo lleno de bandadas de cuervos. Recordaba la tarde en que se había peleado con Bustianeddu, y sentía ímpetu de odio contra Daga que representaba la raza de los sardos vanos y cínicos.

En esta situación de ánimo llamó á la puerta de María Obinu.

Una mujer alta y pálida, modestamente vestida de negro, salió á abrir, y Anania sintió repentino estremecimiento, pareciéndole que había visto otras veces aquellos ojos grandes y verdosos.

—¿La señora Obinu?—preguntó.

—Servidora de usted—contestó la mujer con voz gruesa.

—No,—pensó el joven;—no es ella; no es su voz.