Entró. La señora Obinu le hizo atravesar un pequeño vestíbulo oscuro y le introdujo en un saloncito gris, triste, casi á oscuras, donde le causaron repentina impresión varios objetos sardos, especialmente una cabeza de ciervo y una piel de oveja colgadas de la pared. Inmediatamente pensó en su salvaje país natal y sintió renacer sus dudas.
—Quisiera una habitación; soy un estudiante sardo,—dijo examinando á la mujer de pies á cabeza.
Podía tener treinta y siete ó treinta y ocho años; era pálida y flaca, con la nariz afilada, casi transparente, pero los abundantes cabellos negros, peinados á la sarda, ó sea en trenzas estrechas, sujetadas fuertemente sobre la nuca, le daban un aire gracioso.
—¿Usted es sardo? ¡Cuánto me alegro...!—contestó desenvuelta y con una simpática sonrisa.
—Ahora no tengo ninguna habitación disponible, pero si pudiese esperar, dentro de quince días tendré una que actualmente ocupa una señorita inglesa.
Pidió permiso para ver la habitación, en donde reinaba un desorden indescriptible. La cama estaba en medio del cuarto entre dos montones de libros viejos y objetos antiguos. Dentro una bañera de goma plegable, que servía para el baño de la miss, exhalaban sus perfumes un haz de mimosas. Desde la ventana se descubría un melancólico jardincito, donde no penetraba jamás el sol. Sobre el antepecho estaba abierto un libro de versos: «Madre» de Juan Cena, y Anania se impresionó vivamente al verlo. Decidió tomar la habitación, y al pasar por el vestíbulo y ver una ancha otomana, dijo:
—Tengo necesidad de marchar en seguida de la casa donde vivo. Podría dormir aquí hasta que se marche la miss; me acuesto tarde y me levanto temprano...
—Mire que la antesala es de paso...—dijo la mujer.
—Ya lo veo; por esto es antesala. Pero si usted quiere, yo me doy por satisfecho...—insistió Anania.
—La miss se retira pronto, pero los otros dos huéspedes se retiran tarde.