—No me importa. ¡Por unas cuantas noches!

Volvieron á la salita, y Anania se puso á mirar la cabeza del ciervo.

—¿Y si fuese ella?—pensaba. Y se extrañaba de su tranquilidad y creía que no se habría conmovido si María Obinu le hubiese revelado, en aquel mismo momento, que era ella. Y en realidad una misteriosa turbación le agitaba impulsándole á examinar aquella mujer y el ambiente donde ella vivía.

—Esto es sardo,—dijo tocando la piel amarilla de la oveja salvaje.—¿Por qué no la emplea como alfombra?

—Es un recuerdo de mi padre que era cazador,—respondió la mujer, sonriendo bondadosamente.

—Miente,—pensó Anania.

Después preguntó, mirando atentamente, de una parte y otra, la cabeza del ciervo:

—¿Usted es de Nuoro?

—Sí, pero nací allí por casualidad, estando mis padres de paso.

—También yo nací, por casualidad, en un pueblecito, en Fonni,—dijo fingiendo aire distraído, tocando los cuernos del ciervo.—Sí, nací en Fonni; me llamo Anania Atonzu Derios.