Apenas hubo pronunciado su nombre se volvió y miró á la mujer. Ésta no pestañeó siquiera.
—¡No, no es ella!—pensó, y se sintió feliz, segurísimo de que no era su madre. Pero la misma tarde, después que hubo hecho trasladar á la nueva habitación sus libros y su equipaje, María le dijo:
—Durante estos quince días le cederé mi cuarto.
Fueron vanas las protestas. Ella colocó los libros y el equipaje en su alcoba y obligó á Anania á ocuparla, y éste sintió una impresión de sorpresa y dulzura entrando en aquella habitación larga y estrecha, que parecía la celda de una monja, y cuya camita blanca, oliendo á espliego, recordaba los sencillos camastros de las patriarcales familias sardas. Lo mismo que en las alcobas de su país, María Obinu había colgado de las paredes grises una serie de cuadritos é imágenes sagradas: tres cirios, tres crucifijos, un ramo de olivo y un enorme rosario de confites[34]; además, dos racimos de medallas benditas, colgaban á la cabecera de la cama. En una esquina ardía una lamparita ante una estampa donde las benditas almas del Purgatorio, pintadas de azul, rogaban entre llamas ensangrentadas.
¡Qué diferencia entre el cuarto de la miss y el de María Obinu! Cuatro ó cinco siglos los separaban.
Anania fué asaltado otra vez por las dudas.
¿Por qué le cedía el cuarto? ¡Se mostraba demasiado cuidadosa y cariñosa con él!
Mientras arreglaba el equipaje, María llamó á la puerta y, sin entrar, preguntó si deseaba que apagase la lamparita de las Ánimas Benditas.
—No,—contestó en voz alta,—pase, pase, que quiero enseñarle una cosa.
Ella entró, pálida, simpática, risueña; parecía conocer desde siempre al nuevo huésped, y tenerle mucho cariño.