Él tenía entre las manos un objeto extraño, un saquito de tela sudado, unido á una cadenita ennegrecida por el tiempo. Y colgándose el amuleto al cuello, dijo:
—Mire, también yo soy devoto. Ésta es la rizetta de San Juan, que aleja las tentaciones.
La mujer miraba. De pronto dejó de sonreir, y Anania sintió el corazón palpitarle fuerte.
—¿Usted no cree en estas cosas?—le dijo severamente.—Pues por lo menos no se burle de ellas. Son cosas sagradas.
Aquella noche, acostado en la camita que olía á espliego, Anania pensó, largamente, en el secreto que llevaba en el alma.
...¿Y si María Obinu fuera Olí? ¿Si fuera Olí? ¡Tan próxima y tan lejana! ¿Qué hilo misterioso le había conducido hasta ella, hasta la almohada, donde debía llorar continuamente, ó por lo menos recordar al hijo abandonado? ¡Qué extraña es la vida! Un alambre, sí, un alambre del cual colgaban los hombres, bailando como títeres, como trocitos de bramante agitados por el viento.
¿Era ella de veras? ¿de veras? De modo que había llegado á su destino, impulsado por una fuerza de voluntad latente que había sugestionado... ¿Á quién? ¿Qué? ¿Pero estaba loco? ¡Cuánta tontería, cuánta tontería! No, no era ella, ¡no podía ser ella! ¿Y si lo fuera? ¡Tan lejana! ¿Sabría ella que estaba junto á su hijo, mientras él se agitaba entre dudas? ¿Por qué no se daba á conocer? ¿Qué temía? ¿Qué esperaba? ¿Habría reconocido el amuleto?
No, no podía ser ella. Una madre no puede fingir, no puede callar al volver á encontrar á su hijo. Era absurdo. ¡Tonterías, ideas convencionales! Una mujer sabe dominar hasta las más terribles emociones. Ella debía tener miedo; ¡había abandonado á su hijo! Tanto peor; debía, por lo mismo, venderse, gritar, llorar. Una madre es siempre madre; no es lo mismo que una mujer cualquiera. Y además, ¿podía Olí, mujer tosca, simple hija de la naturaleza, haberse asimilado la perfidia de las grandes ciudades, hasta el extremo de fingir, como una comedianta, de saberse dominar de aquel modo? Imposible. Era absurdo. María Obinu, era María Obinu. Mujer simpática, sencilla é inconsciente, que había tenido la suerte, más que la fuerza, de arrepentirse, y que suplía el arrepentimiento, tal vez no sentido, con la ingenua ostentación de un sentimiento religioso muy discutible. No, no podía ser ella.
—Me informaré mejor; haré que me cuente su vida...—pensaba.—Pero no es ella. Soy un estúpido sólo al pensarlo. No, no es ella,—insistía consigo mismo.—Te digo que no es ella, imbécil, estúpido, torpe.