Y entretanto recordaba la primera noche pasada en Nuoro y el beso furtivo que su padre había depositado sobre su frente. Y de un momento á otro esperaba puerilmente que se abriera la puerta, y que una sombra deslizándose á la luz oscilante de la lamparilla repitiese aquel beso misterioso...
—Y entonces... ¿qué haría yo?—se preguntaba temblando.—Fingiría dormir... ¡Pero qué estúpido soy, Dios mío!
Los rumores de la calle y de la vecina plaza del Panteón disminuían, debilitándose, alejándose, como si se retiraran, cansados, á un lugar de descanso. Anania oyó entrar los trasnochadores huéspedes; después todo calló, en la casa, en la calle, en la ciudad. ¡Y él seguía despierto! ¡Ah! ¿Tal vez aquella lamparilla?... ¡Qué fastidio!... Voy á apagarla...
Pensó largamente en ello, y por fin se decidió. Levantóse. Un rumor, un roce de faldas... ¿Se abre la puerta? ¡Oh, Dios mío! Se echó rápidamente en la cama, cerró los ojos y esperó. El corazón y las sienes le palpitaban febrilmente.
Pero la puerta siguió cerrada, y él se calmó, riéndose de sí mismo. Pero no apagó la lamparilla.
NOTAS:
[34] En Cerdeña, como en ciertas regiones de España, hay la costumbre de engarzar confites ó dulces en forma de rosario.—(N. del T.)
IV
«Roma, 1.º de junio.
«Margarita mía: Acabo de recibir tu carta y contesto en seguida. Estoy algo atolondrado. Durante estos días he cogido por lo menos veinte veces la pluma para escribirte, sin conseguirlo. Y sin embargo tengo muchas cosas que decirte. He cambiado de casa. El otro día me disgusté con Bautista Daga, porque le sorprendí en tierno coloquio con la mayor de las hijas de la patrona, cuando me consta que tiene relaciones íntimas con la menor. Me dió asco, y cambié en seguida de casa. Además, estaba muy lejos de la Universidad. Debía hacer casi un viaje para ir, cosa que me fastidiaba bastante, con el calor excesivo que empieza á sentirse.