«Con Daga hice las paces al día siguiente. Tropecé con él cerca de la casa donde vivo; probablemente venía á buscarme, aun cuando dijo que no. Yo estoy ahora muy bien. La nueva patrona, una señora sarda que, según dice, ha nacido en Nuoro, es muy buena, muy simpática y muy devota. Tiene conmigo cuidados casi maternales, tanto, que me ha cedido su alcoba mientras se marcha una hermosísima señorita inglesa, cuya habitación debo ocupar.

«Esta miss se te parece de un modo extraordinario, pero te suplico que no tengas celos: primero, porque estoy locamente enamorado de una señorita nuorense; segundo, porque la miss debe marchar dentro de ocho días; tercero, porque es loca de atar; cuarto, porque está prometida, y quinto, porque estoy bajo la salvaguardia de todas las santas y santos del cielo, colgados de la pared de mi alcoba, y hasta de las Benditas Ánimas del Purgatorio, iluminadas día y noche por una mariposa[35], que, no sé por qué, también me parece un alma en pena. (¡Ya empiezo á escribir lo que tú llamas tonterías!).

«No, espera; antes te quiero decir que en casa de la nueva patrona viven otros extranjeros que sólo están de paso: un empleado del ministerio de la Guerra, un sastre piamontés, elegantísimo y muy instruido, y un viajante francés capaz de soltar ochenta mentiras en cinco minutos. Me recuerda al muy ilustre señor Francisco Carchide, de Nuoro, tu desgraciado pretendiente.

«Ayer tarde, por ejemplo, mientras la miss y el sastre discutían en inglés si los boers tienen derecho ó no á ser un pueblo libre, Mr. Pilbert me contaba, medio en francés y medio en latín, como fece salir los cabellos de uno de sus chiquillos por medio de la sugestión; en una hora crecieron un centímetro, después cesaron de crecer durante varios días, y, por último, empezaron á se développer naturellement.

«La señora Obinu,—así se llama la patrona,—tiene de cocinera una vieja sarda, que hace treinta años vive en Roma y aún no ha conseguido aprender el italiano. ¡Pobre vieja tía Bárbara! La sacó de Cerdeña, casi á la fuerza, el amo á quien servía, un capitán de los dragones (como ella dice) de un carácter muy violento y que le daba mucho miedo. Me da mucha lástima esta viejecita, negrucha y pequeña como una jana[36], que conserva cuidadosamente guardado su traje del país, y lleva un ridículo vestido comprado en el Campo di Fiori y un sombrerito que debió pertenecer á la primera mujer de Napoleón. Á menudo me meto en la cocina oscura y caliente, para hablar en dialecto con la tía Bárbara, que llora y me pide noticias de la gente de su país, y sueña continuamente en regresar á Cerdeña, aun cuando tiene un miedo horrible al mar, que cree siempre en pleno temporal, como la única vez que lo ha pasado. No se forma idea alguna del lugar donde vive. Para ella Roma es un lugar donde todas las cosas son caras y un sitio peligroso donde se puede morir de un momento á otro, atropellado por un coche. Me dice que los tranvías, de los cuales tiene mucho miedo, le parecen ciervos (y no ha visto nunca un ciervo vivo); y que no oye nunca misa en el Panteón, porque en aquella iglesia redonda, con un agujero en la bóveda, como un horno sardo, le dan ganas de reirse. Me preguntó si hacíamos el pan en casa; le dije que sí, y se echó á llorar, recordando las bromas y los juegos de los días en que cocían el pan en su casita paterna. Quiso saber si aún existen pastores y si éstos comen sentados en el suelo, á la sombra de los árboles. ¡Cómo suspiraba recordando un banquete de Pascua, celebrado en un redil, en el cual, hace cuarenta años, había tomado parte. La tía Bárbara no puede sufrir á la miss, y ésta, á su vez, considera á la vieja como una salvaje primitiva. Á veces la pobre canta en dialecto logodorense, y entre otras canciones, una nenia fúnebre también popular en Nuoro: ¿sabes? aquélla que dice:

Corazón, nana, nanita.
Estoy dispuesto á marchar
Y pronto á hacer testamento...[37]

«Á la noche, ama y criada rezan el rosario en dialecto, y yo me entretengo en contestar desde mi cuarto, haciendo rabiar á la tía Bárbara, que interrumpe sus rezos para insultarme.

«—Su diaulu chi ti ha fattu...[38].

«—¡Tía Bárbara!—dice entonces la patrona, enfadándose á su vez.—¿Pero está usted loca?

«—¡Pues que se calle cusso pizzinnu de s'inferru![39].