«Basta ya, Margarita mía, querida Margarita de mi vida; ahora hablemos de nosotros. Por aquí hace ya mucho calor; pero al anochecer, generalmente, refresca. De día estudio sin descanso: estudio de veras... porque es mi deber y también mi placer. Asisto á la Universidad y frecuento las Bibliotecas como ninguno de mis compañeros, y por esto mismo los profesores me aprecian. Al anochecer salgo á pasear por la orilla del Tíber y me paso horas y más horas mirando el agua corriente, haciéndome preguntas completamente inútiles; como, por ejemplo: «¿Qué es el agua?». No es verdad que el Tíber sea rubio; no, á veces tiene un color amarillo térreo, más á menudo verdoso, alguna vez como amoratado, y también azul de cuando en cuando. Ciertas noches tranquilas el río es lechoso, refleja las luces, los puentes y la luna, como un mármol bien pulimentado. Comparo el curso continuo del agua al amor que tú me inspiras; como él es mi amor, continuo, silencioso, avasallador, inagotable. ¿Por qué, por qué no estás tú aquí, conmigo, Margarita mía? Todas las cosas me parecen más bellas y más profundas cuando las miro pensando en ti. ¡Cuán luminosas é intensas me parecerían, si pudiera verlas reflejadas en tus adorados ojos! ¿Cuándo, cuándo se podrá realizar el ansioso y encantador ensueño de nuestras almas? En ciertos momentos me parece imposible que pueda vivir tanto tiempo separado de ti, y una angustia inexplicable hace palpitar mi corazón: después me estremezco de alegría pensando que dentro de dos meses nos veremos.

«Margarita mía, adorada, yo no sé expresarte todo lo que siento, y me parece que ninguna palabra humana podría conseguirlo. Siento un fuego continuo que me consume y devora, y una sed inextinguible que sólo una fuente puede apagar. Tú eres la fuente en donde apagaré mi sed, tú el jardín entre cuyas flores se deleitará mi alma ardiente, ansiosa de amores é ideales. Estoy solo, solo en el mundo, Margarita mía adorada; tú eres, para mí, todo el mundo, y cuando me pierdo entre la muchedumbre, en un mar inmenso de gente desconocida, basta que piense en ti para que mi alma vibre de amor hacia todos los seres que me rodean, y sienta palpitar el alma de la multitud, como un mar sonoro.

«Á veces, cuando recibo tus cartas, siento una felicidad tan grande que llega hasta el delirio; me parece haber subido á la cúspide de una montaña maravillosa, y que sólo deba alargar la mano para alcanzar las estrellas... Es demasiada dicha... demasiada... casi me da miedo; miedo de caer en el abismo, miedo de ser reducido á cenizas por el contacto sobrehumano de los astros vecinos. ¿Qué sería de mí si tú llegases á faltarme? ¡Ah! Tú no sabes, tú no puedes comprender la tontería que escribes, cuando escribes que tienes celos de las mujeres hermosas é instruidas que puedo encontrar en Roma. Ninguna mujer puede ser, puede representar, para mí, lo que tú eres y representas. Eres tú la vida, el pasado, la raza, el ensueño; eres la esencia misteriosa que llena hasta los bordes la vacía copa de la vida. Sí; yo me figuro la vida como una copa que debemos tener continuamente junto á los labios. Para muchos está vacía, y ansiando beber lo que no existe, mueren lentamente por falta de alimento, mejor dicho, de bebida espiritual. En cambio, para otros,—y afortunadamente yo me cuento en su número,—la copa contiene una ambrosía más ó menos divina...».


«He interrumpido la carta porque Bautista ha venido á verme. Tiene miedo de comprometerse con las hijas de la patrona que quieren seducirle á toda costa, y desea venir á vivir conmigo. Veremos. Hablaré con la patrona apenas vuelva. No le guardo rencor, porque, después de todo, como dice mi amigo Mr. Pilbert, la ofensa es una cosa insubsistente. Si uno, por ejemplo, me llama ladrón, ¿qué daño puede causarme el sonido producido por las palabras que mi ofensor ha pronunciado?

—»¿Y los palos, Mr. Pilbert?—le pregunté».


«Vuelvo á coger la pluma, aturdido por una confidencia íntima que acaba de hacerme la tía Bárbara. La viejecita entró en el cuarto con el pretexto de cambiar el agua y me dijo que conocía á Bautista Daga por haber venido algunas veces á visitar á la patrona.

«Una duda me asaltó, porque no sé si te he dicho que el pasado de la patrona no es del todo inmaculado. Miré á la tía Bárbara, pero ella apretó los labios y dijo que no con la cabeza, con aire de misterio. Me marcó con preguntas acerca de Bautista, á las cuales contesté pacientemente. Después le interrogué á mi vez, y prometiéndole ir estas vacaciones á su país para informarla minuciosamente de todo lo que ha pasado desde treinta años á esta parte, conseguí que me contara que María Obinu dejó en Cerdeña varios hijos, uno de los cuales fué adoptado por un rico propietario campidonense.

«Y la tía Bárbara sospecha que Bautista Daga es hijo de María Obinu...».