Anania interrumpió de nuevo la carta, cuya última hoja había escrito casi automáticamente, bajo el impulso de una turbación repentina. Leyó y releyó las últimas líneas. Una pequeña hormiga negra pasó por encima de la hoja y la miró con ojos llenos de profundo asombro. ¿Qué cosa era aquel pequeño ser llamado «hormiga»? ¿Y por qué existía? ¿Debía aplastarla con un dedo? ¿Ó no debía aplastarla? ¿Existía el libre albedrío?

En aquella época, si bien asistía á la clase de Ferri, aún creía en el libre albedrío, y á menudo cometía pequeñas faltas, para probarse á sí mismo que quería cometerlas. Pero esta vez dejó pasar la hormiga, que desapareció tranquilamente por debajo de un libro, ignorando el terrible peligro que acababa de correr. Como otras veces, rasgó la última parte de su carta. Apoyó la frente entre las manos y se puso á leer las primeras hojas, y á medida que leía, sentía una oleada de amargura inundarle el corazón.

—Sí,—pensó,—vivo demasiado cerca de las estrellas... y no veo el abismo en donde inevitablemente caeré... ¡No, no, no!—dijo después entre dientes, desesperadamente, sacudiendo la cabeza, con los puños apretados contra las sienes.—¿Por qué me obstino? Tal vez es mi madre... y Bautista Daga viene á buscarla... ¿Por qué no me habló nunca de ella? ¿Y por qué debía hacerlo? Nunca me contaba nada referente á sus aventuras. Y él... él viene aquí... ¿para qué?... ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!... ¡Yo... yo soy el hijo de María Obinu! Ella debe saber toda mi vida. Ha contado á su manera á la vieja jana, que he sido adoptado por un rico propietario... ¿Ha dejado en Cerdeña otros hijos? No, no es verdad; porque ella partió en seguida que me hubo abandonado. Lo contará así para despistar... para... ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!

Sollozaba sin derramar lágrimas, balbuceando palabras sin sentido y sacudiendo locamente la cabeza; pero de pronto se levantó de un salto, pálido, rígido, con los ojos vítreos.

—Es preciso acabar,—pensó,—es preciso que salga de dudas. ¿Á qué vienen esta lamparilla, estos cuadritos, tanto rezar? Pues á esto precisamente. Pero yo te sabré desenmascarar, alma extraviada. Sí, yo te mataré, te aplastaré; sí, yo, porque eres mi desgracia, y la desgracia de mi querida, de mi adorada Margarita... ¡Pobre Margarita mía!

Dejó caer su puño cerrado sobre la carta, mientras sus ojos relampagueaban de odio; y, tembloroso, se desplomó sobre la silla, dando con la frente sobre la mesa. ¡Ojalá se hubiese abierto la cabeza!... No pensar en nada, olvidar, desaparecer...

Sintióse vil, parecióle ser viscoso y negro como un cuerpo amasado con fango; carne de la carne prostituida de su madre, y como ella, delincuente, miserable, abyecto. Tumultuosos recuerdos pasaron por su mente; recordó los generosos propósitos tantas veces acariciados de buscarla y redimirla, la piedad infinita por la inconsciencia y la irresponsabilidad de ella, el orgullo que experimentaba al sentir tanta piedad, tan inmensa sed de sacrificio...

¡Todo mentira! Bastaba un vago indicio, dado por una vieja chocha, para despertar en su alma una tempestad de fango, la idea de un delito.

—¡La mataré! Y al pronunciar aquellas palabras comprendía que acababa de cometer el delito, aunque sólo pensaba vagamente en él.