Pensó en la paz que gozaba desde que vivía cerca de María Obinu, y alzó la frente, herido por una nueva impresión. Durante aquella semana, pasada en la casa, en la alcoba monacal de María, había creído siempre, en el fondo de su conciencia, que era su madre; y la comprobación de su vida honrada y su redención le habían hecho feliz. Y así como al principio había rechazado la idea de que María fuese su madre, después había esta idea arraigado fuertemente en él. Su horizonte se aclaraba; su pensamiento, libre de un peso que antes le aplastaba y le clavaba en el suelo, podía, por fin, volar hasta las estrellas.
Y toda vez que ella, por castigarse, por miedo, ó por amor de independencia, renunciaba á su hijo, él era feliz pudiendo renunciar á ella, cuya existencia estaba asegurada, cuya vida estaba purificada. Ya que no podía hacerle ningún bien, no quería hacerle ningún mal, mezclándose en su vida. Ya no debía buscar más. Su misión no podía cumplirse, el terrible problema se había resuelto: después de tanto y tan largo sufrimiento, podía seguir tranquilamente su camino hacia la felicidad. Había cumplido su deber con sólo el deseo de cumplirlo; y este deber ideal le había costado tanto, le parecía tan heroico y tan grande, que le llenaba el alma de orgullo. Las estrellas ya estaban cercanas. Pero de pronto, de repente, el abismo se abría otra vez. Todo era mentira, dentro y fuera de él, todo ilusión, todo sueños en «aquella cosa extraña» que llamaban vida. ¡Hasta las estrellas eran mentira é ilusión!
—¿Y si la ilusión fuese lo que ahora pienso?—se preguntó.—¿Si yo me engañase? ¿Si María Obinu no fuese ella? ¿Y qué? Si no es ella, será otra,—terminó diciendo desesperado.—Ella, próxima ó lejana, existe y me llama, y yo debo volver sobre mis pasos, volver á empezar, y encontrarla viva ó muerta. ¡Oh, si hubiese muerto!
Siguió esperando el regreso de la patrona, y para calmarse algo, trató de analizar la extraña pasión que le dominaba. Y, como tantas otras veces, sintió que su pena mayor provenía, más que de la pasión, del cruel contraste que formaba su yo al desdoblarse. Uno de los dos era un chiquillo fantaseador, apasionado y triste, con el alma enferma. Seguía siendo el mismo que bajaba de los montes nativos soñando en un mundo misterioso; el mismo que en la casa del almazarero había meditado durante largos años la fuga, sin realizarla jamás; el mismo que en Cagliari había llorado creyendo que Marta Rosa pudiera ser su madre. El otro ser, normal é inteligente, criado junto al chiquillo incurable, veía claramente la vanidad de los fantasmas y de los monstruos que atormentaban á su compañero, pero por mucho que luchase y gritase, no conseguía librarle de la obsesión.
Una lucha continua, un contraste cruel agitaba día y noche á los dos seres; y el chiquillo fantaseador é ilógico, víctima y tirano, resultaba siempre vencedor. Quería saber, quería descubrir, quería alcanzar su intento; y sufría, de lo vano de sus investigaciones, igualmente que de la esperanza de llegar á conseguir su propósito. Muchas veces se había preguntado si, libre del amor de Margarita, hubiese sufrido de igual manera. Y siempre había contestado afirmativamente.
María Obinu regresó al anochecer.
—Señora María,—gritó el estudiante abriendo la puerta,—venga en seguida, que tengo que decirle una cosa.
—¿Qué quiere?—preguntó entrando.
Iba vestida de negro, llevaba un sombrero de terciopelo morado, ya descolorido, y respiraba fatigosamente por haber subido la escalera de prisa, de buen color contra la costumbre, la frente reluciente por el sudor.
—¿Qué le pasa?—preguntó malhumorado Anania.