—¿Á mí? ¡Nada!—contestó con extrañeza. Después volvió á su simpática sonrisa de siempre.—¿Pero por qué está á obscuras? ¿Qué tiene que decirme?
—Vaya, vaya á cambiarse de vestido; se lo diré después.
Pareció impresionarse por el acento de malhumor y el entrecejo fruncido del estudiante, tanto más cuanto que aquella mañana le había dicho que se encontraba un poco mal.
—¿No se encuentra bien?—preguntó afectuosamente.—¡Qué calor hace, Dios mío! Se ahogan. Diga, diga qué quiere.
—¡Vaya á desnudarse antes!—repitió Anania, acercándose á la pared para restregar un fósforo.
—¿Pero qué es lo que quiere? Hable...
—Mejor es,—pensó rápidamente Anania, encendiendo el fósforo,—mejor es que la coja de improviso, antes que pueda hablar con aquella tía vieja.
—¿Dónde, dónde estará la vela? Pues oiga, ha venido... ¡al fin!... ha venido... su diaulu chi t'a fattu, ¿no te vas á encender? ¡Vaya unas velitas!
Alzó la vista y miró fijamente á la mujer que seguía con ojos tranquilos sus movimientos.
—Ha venido el estudiante sardo Bautista Daga; quisiera una habitación; supongo que podrá tenerla.