—Veremos,—contestó tranquilamente.—¿Para cuándo la quisiera?

Anania empezó á enfadarse.

—Usted le conoce, ¿verdad?

—Yo no.

—La tía Bárbara me ha dicho que le ha visto aquí otras veces...

María Obinu frunció las cejas y entornó los ojos esforzándose en recordar. De pronto echando chispas y con voz irritada dijo:

—Oiga, si es un joven pálido, con la nariz algo torcida, con una cara de malas pasiones... dígale que en mi casa no hay sitio alguno para él...

—¿Por qué? Dígame, cuente; yo no sé nada... de veras... Hemos dormido en una misma alcoba durante seis meses, pero no sé nada de él... de veras... Dígame...

Anania estaba sentado junto á la mesita, é inadvertidamente iba empujando la vela hacia la pared, de la que colgaba un calendario.

—No tengo nada que contarle,—siguió diciendo la mujer:—no tengo que dar cuenta á nadie de mis actos. ¡Déjenme en paz! Vivo de mi trabajo y no pido nada á nadie; y soy mucho más honrada que muchas señoras ante las cuales sus señorías (sonrióse irónicamente) se quitan el sombrero. ¡Ay!—siguió diciendo, suspirando profundamente.—¡La vida es muy larga! ¡También á ustedes, también á ustedes les llegarán días de amarga prueba! ¡Ojalá Dios les libre de ellos! Entonces conocerán el mundo, conocerán la espesa hilera de serpientes que se levanta á los dos lados del camino de la vida; y encontrarán la piedra que les hará tropezar. ¡Y cuántos, señor Anania, cuántos no saben levantarse otra vez, y dan con la frente en la piedra y mueren del golpe! ¡Y son tal vez los más dichosos! ¡Ay! ¡Pero el Señor es misericordioso! ¡Por mi fe de cristiana aseguro que el Señor es misericordioso!...