Se puso una mano sobre su corazón y volvió á suspirar profundamente.

—¡Finge!—pensó Anania.

Y añadió algo irónico:

Boste est sapia che i s'abba[40]. Pero no entiendo nada de sus discursos, palabra de honor. ¿Qué tiene que ver Bautista Daga con todo esto? ¿Qué le ha hecho? ¡Dígamelo!...

—¡Apague, apague pronto la vela!... ¡Mire, que está ardiendo el calendario!... ¿Dónde tiene la cabeza?—gritó María, corriendo hacia la mesa.—¡Virgen María! ¡Usted me va á arruinar!

Rápidamente Anania separó la vela y apagó el fuego.

—¡Qué cabeza! ¿Y si ahora le diera cuatro tirones, no serían bien merecidos?—gritó María, tirando del mechón de pelo que el estudiante llevaba sobre la frente.

—¡Señora María! ¿Qué hace? Déjeme. ¡Caramba, usted no bromea!—exclamó, bajando y sacudiendo la cabeza, mientras un recuerdo repentino relampagueaba en su mente. Sí, hace mucho tiempo, en un lugar muy lejano, en una cocina llena de hollín y guardada por el fúnebre capotón del bandido, Olí, malhumorada por la miseria y las penas, tiraba á veces de las greñas salvajes de un melancólico chiquillo... Y, cosa extraña, en vez de disgustarle, aquel recuerdo le conmovió.

Cogió la mano de María y la miró con mirada loca. ¿Era la misma que le pegaba de chico, la misma que le guió hasta la puerta de la almazara, aquella noche fatal?

—¡Qué cabeza! ¡Qué loco!—continuaba diciendo la mujer.—Si no llego á estar, de seguro que sucede una desgracia. Ahora, déjeme marchar.