El alzó la cabeza y dijo:
—Me parece haber visto su mano otras veces. Otras veces esta mano me tiró de los cabellos, me pegó, me acarició...
—«¿Se vuelve usted loco?—exclamó la mujer, retirando bruscamente la mano y acercándola á la cara.
—Señora María,—prosiguió diciendo, mientras ella se miraba la mano, algo estúpidamente.—¿Cree usted en los espíritus? ¿No? Pues existen, y usted debería creer en ellos. Yo creo. Pues bien, cada noche me aparece un espíritu amigo que me revela muchas cosas. Entre otras, me dice que usted es mi madre.
María se echó á reir con risa forzada, como si ocultara un secreto terror; y el joven comprendió en seguida que había escogido un método muy ingenuo para conseguir conmoverla. ¡Qué estúpido era! ¿Y por qué estúpido? Si de veras hubiese sido su madre, se habría turbado del mismo modo, comprendiendo que él sabía ó sospechaba algo. Y, por el contrario, se reía, si bien algo asustada por la idea de los espíritus, en los cuales creía.
—¡No y no!—pensó él.—Estoy loco, loco de veras.
Ella dijo, como si fuera un eco:
—Está usted loco, loco de veras. ¡Ojalá fuese de veras su madre!
Se oyó la voz de la tía Bárbara que llamaba á la patrona.
—¡Cuánto tiempo me hace perder!—dijo ésta, pronta á salir, mientras Anania se arreglaba el mechón y reía.